Es un día radiante en Santa Cruz de la Sierra, una ciudad acostumbrada a los abrazos y los yo-te-estimo diarios, a la vida al aire libre, sea en los amplios jardines de los condominios, en los parques públicos, en los mercados, en los patios, en cualquier lado.

Hace tres semanas que se presentó el primer caso de COVID19 en una paciente que había vuelto de Europa, que no sabía que traía el virus que se aloja en los alveolos pulmonares, que te ahoga hasta morir en los casos más extremos y que asola a la humanidad. La primera pesadilla fue la reacción producto del terror y de la desesperación: vecinos impidiendo su atención en varios centros hospitalarios con miedo al contagio, la peregrinación de la ambulancia de uno a otro buscando dónde reciba atención médica, los trabajadores de la salud desprovistos de las condiciones de bioseguridad negándose a prodigarle cuidados.

No fue una película. Es el documental de la realidad humana. El miedo, como la envidia, el ego y otras negaciones del ser humano, produce discriminación, rechazo, marginación, reacciones de un modelo mental primario: la supervivencia individual.

El mundo, lejos de aquí, no se ha quedado atrás y paga las consecuencias del individualismo del libre mercado. Ante la pandemia, vimos alcaldes italianos lanzando improperios a sus vecinos, gobernantes extralimitados por la crisis de sus sistemas de salud mientras sus naciones no hacían caso a un mal que veían que nos les iba a llegar a sus familias, a sus seres queridos. 

La atención médica de los países más desarrollados, la que exigimos sea observada por nuestras autoridades para compararla con nuestros servicios médicos, colapsó. Mil personas en un día murieron en España. Mil personas en un día murieron en Italia. La capital del mundo, el paradigma de la fusión de culturas del planeta, Nueva York en los Estados Unidos de Norteamérica, es la ciudad con más casos diagnosticados del COVID19 del planeta. No hay respiradores que alcancen, ese bendito artefacto mecánico que permite que los pacientes más graves, sigan con vida.

Algunos líderes del mundo eligieron la prosecución de las actividades económicas a la par de la pandemia. Es como si la vida fuera un daño colateral que puede ser tolerado con tal de no sumir a la mayoría en la crisis de quiebra de empresas, de pequeños emprendimientos, del día a día de los que salen a buscar el pan familiar.

Hay un modo de vida, en el trasfondo de esta crisis mundial, que nos golpea la otra mejilla a todos, ya abofeteados por la propagación de un virus inmisericorde con la humanidad.  Poco conocemos de su origen, a ciencia cierta, y de los pormenores de que China lo hubiera ocultado hasta que fue imposible de tapar, de si fue realmente el consumo de animales exóticos en ese país o un invento que se le fue de las manos a algún laboratorio o una intención de diseminar un mal inhumano y terrible con fines de dominación económica, pero sí sabemos que la Naturaleza no se contagia a excepción de nuestra especie humana.

Hay un modo de vida que se detuvo en el mundo. Hay un modo de vida que hizo un alto y la Naturaleza, de inmediato, se puso de manifiesto. Sin la presencia humana, el planeta empezó a reponerse del daño de la contaminación de fábricas y de personas. Los peces en el agua del mar recorriendo los canales de Venecia, los alces acercándose a las ciudades, los pajaritos volviendo a los árboles urbanos, los demás seres que habitan el planeta comenzaron a repoblar los territorios ocupados por el frenesí económico, el cemento demandado por la comodidad posmoderna, los automóviles recambiando modelos a una velocidad más rápida que la capacidad de precisarlos. 

Hay un modo de vida que se detuvo afuera de la puerta de casa.  De pronto, dentro, nos encontramos con la realidad de que podemos vivir sin consumir lo innecesario. De pronto, dentro, nos encontramos con quienes vivimos y si estamos solos o a la vez, también con nosotros mismos.

Tenemos el tiempo para cuestionarnos, agotados los primeros días de las críticas hacia el exterior, a la búsqueda de culpables. La mayoría dependemos del trabajo que nos tocaba hacer antes de vernos obligados a encerrarnos. Tenemos el tiempo para preguntarnos si era tan malo el jefe cuando estamos a punto de perder el salario, de si tan malos eran los trabajadores que nos permitían sacar adelante el emprendimiento o la empresa, de si ese desenfreno por tener lo que ostentan los demás vale realmente la pena del esfuerzo diario fuera de casa; de si lo que hacemos es realmente lo que queremos o si estamos en un tiempo precioso para reinventarnos; de si la política a la que estábamos acostumbrados tiene una razón de ser valedera o si los paradigmas deben cambiar, como los personales, los nuestros.

Lo que estamos viviendo, lo vivieron nuestros abuelos en otra época. Y antes, los abuelos de los abuelos.  Creímos que los avances de la ciencia, que pusieron coto a las pandemias de entonces, nos vacunaban contra las enfermedades existentes.

La enfermedad que deberá enfrentar la humanidad, más allá del virus que en algún momento pasará, pasa por reconocer que el mundo pide un cambio y parte de cada uno de nosotros.  El abuso hacia la Naturaleza no tiene límites y es la única que nos garantiza, además del Sol, la vida.

Mi escepticismo de que lo comprendan los largos tentáculos que manejan la globalización me provoca tristeza. ¿Estarán dispuestos a renunciar a la espeluznante proliferación del consumismo y al determinismo de que es la libre oferta y demanda la que debe regir lo que venga?

Sin embargo, hay algo que cada uno a conciencia puede hacer.

Reinventarse. Sacar de lo bueno de estos días, lo mejor. Quien está viviendo solo, sabe que no está solo y que afuera, hay millones en situación parecida. Las imágenes en Instagram no resisten el filtro del coronavirus. Uno sigue siendo uno y sus circunstancias, no la moda y los dictámenes de felicidad exhibicionistas o modelo de otros. Quienes estamos viviendo con otra persona u otras personas, nos encontramos aburridos de memes y reenvíos de información falsa, de malas noticias, de horas frente al televisor. Inevitablemente, reaprendimos a convivir las 24 horas y a repartir tareas para sobrevivir con lo mínimo indispensable.  Lo insoportable nos obliga a resistir con un poco más de comprensión y de tolerancia. Si no nos colaboramos, nos matan la amargura y la angustia antes que el virus.

Es tiempo de colaboración y reinvención. El día de mañana desconocemos cómo vendrá, ni siquiera podemos asegurar si amaneceremos vivos, con o sin contagio. No perdamos este tiempo precioso ni esperemos que otro o el Estado nos solucione el presente y el futuro. Nos queda nuestra conciencia e imaginación y al abrir la puerta, cuando podamos, reconocer al que vive al lado, al que lucha con lo pequeño para salir adelante, al que estamos aprendiendo a revalorar como indispensable.

El mundo no será igual por causa de todos. Sea como fuere vendrá distinto. La economía ha trastocado a la mayoría, los Estados, como el nuestro también estará diezmado por la iliquidez de quienes no podremos pagar impuestos, del derrumbe de ingresos por la caída del precio del petróleo, por el cúmulo de necesidades que se agregan a la subsistencia de los más desfavorecidos.

Nadie se salva sin cambiar de actitud. Hoy. En casa. Mañana. En el futuro incierto.

El día después comienza hoy.

Capiguaras en la cancha del Urubó Golf, donde hace 8 años había un curichi y fue tapado. Volvieron a buscarlo. (Foto: Milton Müller)

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