La vida es la mejor novela de una.

Libre, apasionada y desarraigada, crecí a sueños y porrazos, a la par de la imparable y repentina metrópoli, caótica, emprendedora, intuitiva, clandestina, rebelde, enamorada.

Eché raíces hace veinte años en la casa del mango y desde allí, voy y vuelvo desde lo local hacia lo universal.

Aleteo en cuanto puedo a la ciudad de las diagonales, donde radican mis memorias, mis afectos y el bosque de los que nunca me fui del todo. Camino, peregrino, deambulo por el mundo.

Mamá y abuela, resisto a las murallas como habitante de barrio abierto, militante de causas perdidas. Leo, contemplo, escucho, mateo, escribo. Siento luego existo. Pienso luego resisto.

Nací en el sur la noche de un invierno austral. Soy nieta de vascos e hija de un ingeniero cruceño y una arquitecta tresarroyense, hermana de tres platenses como yo, todos cómplices de mi entrañable infancia. Mi sangre es de migrantes.

Vivo a pasos de la cuarta vuelta de la ciudad de los anillos, el lugar que me recibió a fines de los setenta, cuando las dictaduras arreciaron en el sur y el espanto se infiltraba en el aire que respirábamos. El llamado de la familia boliviana a empezar de nuevo en sus tierras me llevó a la última frontera de un pueblo con 400 años de soledad. Mi nueva vecindad de entonces fue la lechería de la viuda de Mantovani, al otro lado de ese límite urbano que era el cuarto anillo abierto en medio del monte que nos rodeaba. Nuestra casa familiar surgía en el primer plan de viviendas sociales, sin muros ni rejas, con fachada a la calle de tierra y los sonidos silvestres de las loritas y los mosquitos, las pozas con anguilas de aguas cautivas, la brisa caliente y húmeda del norte, el ambiente rústico de la tribu que sólo se encueva cuando llegan los surazos.

Idearia es mi taller de ideas. Trabajo en escritura creativa y comunicación política, con más de 30 años de experiencia en creación de contenidos, información ciudadana, derechos de la infancia y de las mujeres, y capacitación para el ejercicio de ciudadanía.

Honro el día, pienso un poco lo que digo; digo, hago y escribo lo que pienso, me reinvento en cuanto me resquebrajo y no me rompo, salvo en llantos y risas; abarco siempre más de lo que puedo; tiemblo de injusticia, abrazo en grande y en serio; pago solita todas mis cuentas; me encuno temprano si no hay canto, baile o guitarra de por medio y celebro con un feliz día, feliz nuevo año, feliz vida, cada mañana en cuanto abro los ojos y siento que respiro de nuevo.

Mezcla de trotamundos y gaviota urbana, levito intenso a cinco centímetros del suelo y sueño despierta cuando muchos mueren de tedio.

Comparto mi casa del mango con cuatro hijos maestros, dos nietos de cuento, mientras me bullen en mi espacio de trabajo y sueños, la sangre vasca, la educación pública y el alma de las tierras bajas y atlánticas, amalgama de soledad, rebeldía, nostalgia y fiesta.

Amo desde tiempos que no recuerdo, las letras. Desde hace 15 años, construyo ideas en mi taller de escritura creativa y propuestas educativas. Escéptica de la política posmoderna y entusiasta caminante del mundo desobediente que vuelve al origen y a la naturaleza, me propongo escribir a diario, y los cuadernos me miran preguntándole a mi plumafuente, escépticos, para cuándo.

Empecé este blog muchas veces y lo fui cambiando hasta darle la forma que ordene lo que amo, escribo y hago, de tal modo que me refleje, si puedo, y guarde mi paso por el mundo en este viaje extraordinario.

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