Para muchos será una discusión diaria en familia y entre amigos sobre por qué Jeanine, por qué Camacho, por qué Mesa, por qué Tuto y así.


Especialmente los jóvenes están tomando la palabra y la iniciativa, lo que inspira un avance entre el no me importismo de antes del #21F y el sí me importa desde entonces. Gana la democracia. Gana la imprescindible participación en la vida en común.


Es sano cuando lo que se intercambia son argumentos. Como nos llaman a los mayores de 50, los baby boomers nos vemos en la responsabilidad de informarnos mejor para que el diálogo no termine en posiciones contrapuestas e irreconciliables. Las nuevas generaciones se informan por las mismas redes sociales pero por otras fuentes, otros protagonistas, otras formas de presentación del conocimiento.


El debate no es una pelea sino un aprendizaje de unos con otros. Escuchar primero, pensar luego y responder después.


No se trata de convencer a nadie sino de exponer cuestionamientos, dudas y datos. Conocer antes de reaccionar. Reflexionar antes de contestar.


En mi vida he mantenido a mis hijos alejados de la política. Probablemente porque es una afición que implica esfuerzos intelectuales poco acostumbrados en nuestra América Latina y que restan mucho tiempo al crecimiento personal, a formarse una a sí misma, y criar esa coraza para resistir más intolerancia, frustraciones y bajezas de las que de por sí nos encuentran en las esquinas en el diario vivir. Sin embargo, como todos los jóvenes que conozco personal y virtualmente, también la sucesión de abusos políticos y la transformación de una sombra autoritaria en el peligro de una real pérdida de libertad, los puso en alerta, los indignó, los sacó de su zona de confort, como a todos.


Hoy los jóvenes están volcados en todas partes, reales y virtuales, a manifestar sus opiniones. A los 20, 30, 35 años, a mí me tocó una época en que la política se circunscribía a la Universidad pública, a los partidos políticos, a las instituciones cruceñas y, como hasta hoy, a las chicanas logieras. Aprendo de ellos, respondo a sus consultas sinceras, aunque no pueda evitarles que las aberraciones de mi generación, no hayan servido de lección para que su generación repita las decepciones provocadas por los nuevos actores políticos y sus incursiones en el poder público. Es parte de las taras heredadas o de los intereses encubiertos, los que como a lo largo de la historia del mundo y del país, demoran naturalmente en reconocer.

El idealismo se vibra, se disfruta y se sufre. Es parte del aprendizaje de que el mundo es como es y cambiarlo es una utopía a la que se aspira, sin dejar la propia vida por eso. Las convicciones son de principios, no dejan de serlo porque otros las abandonen en el camino o las invoquen para hacer lo no debían. Con no dejarse utilizar, darse cuenta a tiempo, alcanza para seguir con integridad.


Como en todos los campos, los buenos tienen sus oscuridades y los oscuros tienen sus luces.


Que siga el debate sano. Sin idolatrías ni mesianismos. Después de todo, nada pero nada sustituirá al abrazo de los que amamos, de quienes nos aman, y al respeto entre todos.

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