Lo que aprendimos jugando, nos sirvió para siempre

Sous les pavés, la plage.

Bajo los adoquines, la playa.

Anónimo.

Mayo francés.

Mayo del 68.

 

 

 

En abril de 1968, los Beatles escribían las canciones de su noveno larga duración en la India, difundido a fines del mismo año como el Album Blanco, con dos discos que incluían las bellísimas Hey Jude y Revolution.

En abril de 1968, moría asesinado Martin Luther King, el líder emblemático de la lucha pacífica por los derechos civiles de la población negra estadounidense; la primavera de Praga florecía convencida de la utopía y el movimiento estudiantil mexicano realizaba las movilizaciones más grandes de su historia mientras su país era anfitrión de las Olimpíadas. Ese mismo año de 1968, el mayo francés levantaba la protesta universitaria por el cierre de la Universidad de Nanterre, tomaba pacificamente La Sorbona y los jóvenes empuñaban para sí el valor y la libertad de las palabras, lanzando la imaginación de lo imposible desde sus muros hacia el mundo, más allá de los esquemas doctrinarios de las teorías políticas de la época.

 

Todo eso lo sabríamos mucho después. A nuestros 4 años, lo habían vivido de una u otra manera, los grandes, los adultos de la casa, nuestros padres y nuestros abuelos, cargados de sus propias confrontaciones con la realidad, de la crudeza de la inmigración con sus desarraigos y la nostalgia de la familia al otro lado del Atlántico; de los dolores de la pasada Segunda Guerra Mundial y sus coletazos, de la construcción de sus propios sueños y la esperanza  puesta en un futuro mejor para sus hijos.

 

La Universidad pública, la Universidad Nacional de La Plata era la casa y el horizonte de ese futuro promisorio. Fuimos conejillos del modelo pedagógico experimental universitario, gracias a la elección de nuestros padres que vieron en la Escuela Anexa la opción de forjarnos en lo académico y en lo humano, con la ilusión de un mundo que no repitiera la historia sino que nos preparara un paso más adelante, con un alto nivel de calidad de conocimiento, una actitud activa física y mentalmente, una sensibilidad desarrollada para las artes, las ciencias y el análisis:  un paso adelante cuando llegara la adolescencia al finalizar la primaria escolar.  Nos confiaron a un sistema educativo conducido y evaluado por maestras de grado universitario de una categoría que nos enorgullece recordarlo.

 

Tuvimos el privilegio de recibir una educación pública innovadora, de tener nuestra propia historia común a partir de 1968, cuando por primera vez, mirándonos con curiosidad y sorpresa, nos encontramos sentados en esas salitas de colores de la Escuela Anexa. El propósito visionario de Joaquín Victor González, Presidente de la Universidad Nacional de La Plata, aspiraba a una educación armónica en las tres etapas de formación del estudiante: primaria, secundaria y universitaria.  Desde sus orígenes la Escuela fundó su enseñanza en la observación, experimentación e investigación; en principios éticos y estéticos; en el perfeccionamiento de las condiciones o cualidades físicas y la intensificación del cuidado psicofísico de la salud, como reza la página oficial de la escuela.

 

Nuestros padres de familia se acuotaron en la Cooperadora, construyeron el comedor escolar y lo equiparon para brindarnos una alimentación adecuada, dirigida por una ecónoma cuidadosa del balance nutricional. Teníamos controles periódicos de salud, altura y peso, jabonera, toallita, cepillo de dientes, hora de comer y en las reposeras, hora de descanso. En el Jardín de Infantes, la sala de juegos estaba integrada a las aulas de mesas y sillas de madera pintadas de colores, a tono con las bolsas de cuadrillé cosidas por nuestras madres y bordados en ellas con cinta nuestros nombres.

 



Después vendría el plan de estudios porque cuando fuéramos grandes y entráramos a primer grado: jugar sería a partir de entonces, una libertad y una felicidad limitada a un horario ajustado y al patio. Y claro, a la salida de clases a las cuatro de la tarde.

 

Ibamos a a aprender a sentarnos separados, cada uno en su pupitre hasta el timbre de cambio de hora o del recreo, cambiando la bolsa de tela por el portafolios y la canasta, el pintor por el guardapolvo y las carpetas de acuarelas, palotes y collage decoradas con granos de maíz en la tapa, por los cuadernos forrados de papel araña, la lapicera 303, los sylvapen y el papel secante; a saber que en francés querido Juan era lo mismo que Frere Jacquesy que en Louisiana se cultivaba algodón en inglés o DownTownpodía ser cantada por nosotros además de por Frank Sinatra.  Ibamos a aprender a concentrarnos en el mejor dibujo y el mejor dictado, para recibir el honor de ir a la Dirección a repetir el trabajo para la carpeta modelo–escúchese bien, el honor de repetir lo que se hacía bien-, mirando de reojo a la señorita directora sentada en su escritorio, Blanca Arregui y Olaechea, fina e impecable, a cuyo sólo asomo de su paso cuando caminaba por los pasillos, formábamos derechitos la fila. Nadie existía con más autoridad a nuestros ojos en nuestro mundo, a lo mejor ese señor desconocido que era el Presidente de la República.

 

Y después llegaríamos a cuarto grado, ansiosos de ingresar a quinto donde formaríamos ya parte del tercio de los más grandes, los que tenían talleres de imprenta, cocina, labores, danzas nativas, biblioteca, huerta, aeromodelismo, estenografía, modelado. ¡Séptimo estaba reservado para las grandes ligas, habríamos alcanzado la cúspide, seríamos grandes en serio, como los chicos a punto de egresar que iban a malones y asaltos, usaban ropa ajustada, se pintaban los ojos y la boca, las chicas más lindas jugaban hockey –así las veíamos las otras- y los chicos más lindos jugaban rugby! ¡Por favor, a los 13 ya seríamos re grandes, el mundo sería nuestro!

 

Inauguramos los años dorados de la Escuela Anexa de la doble escolaridad. Y cuando terminamos la primaria, en diciembre de 1976, la clausuraron transformándonos en la única gloriosa generación (1968-1976) de la jornada completa. Fueron años de pasar más tiempo entre nosotros que con nuestras familias en casa, lo que nos permitió ser compañeros de aulas y de vida, compartiendo desayunos, clases, recreos, almuerzos, siestas, cumpleaños, y más adelante, en la primaria, salidas pedagógicas, malones, las primeras salidas solos a las librerías, la disquera, los posters, el centro.

 

Hasta hoy sigue abierta y emblemática la pileta olímpica reglamentaria de la que nos separaba la reja del patio en época de clases cuando estaba cerrada. Teníamos derecho a usarla, como alumnos dependientes de la escuela Joaquín Víctor González, anexa a la Universidad Nacional de La Plata, igual que los alumnos de los secundarios Liceo Víctor Mercante, Nacional José Hernández y Bellas Artes, durante los largos, húmedos y calurosos veranos platenses. No alcanzábamos a verla desde los amplios ventanales de la primera infancia pero algunos fuimos más amigos o nos seguíamos viendo en vacaciones disfrutando y aprendiendo a nadar en esa agua helada.

 

Recibimos una enseñanza revolucionaria. Asistimos a la escuela mixta desde los 4 años, nada de lo que hacíamos era copia del Manual Estrada. Teníamos maestras estudiosas y preparadas para aplicar un sistema impecable y abierto en lo académico, inculcador de la disciplina del trabajo como método de aprendizaje en lo pedagógico, disciplinario en el orden, la higiene y los hábitos, motivador en los distintos aspectos del desarrollo humano.  Aprendimos a hablar, desde formular preguntas hasta realizar afirmaciones o negaciones con el debido tono y pronunciación. Afinamos la concentración a punta de punzón y parquetrí, y el trazo a punta de palitos mojados para dibujar decolorando el papel barrilete; supimos que la patria era la escarapela y el himno argentino, era el cabildo con el pueblo bajo los paraguas y el pueblo eran las señoras de miriñaque y las mulatas vendiendo empanadas, la patria era la casita de Tucumán con su fachada de cuentos de hadas diciéndonos que eran libres las provincias unidas del sur, libres de los ingleses invasores, libres de los españoles colonialistas, la patria era ser libres y ser felices.

 

No voy a extenderme hacia nuestro egreso en 1976 porque hoy no es un final sino un punto de reencuentro a medio siglo de aquello que comenzamos juntos a principios de 1968. Una ocurrencia maravillosa que agradecemos a Dina y a Magdalena, por no dejarla esfumarse entre las urgencias del mundo líquido que arrastra, que nos mueve los alfileres con que sostenemos las verdades y a mucho pulmón, remamos aún a contracorriente; un mundo perforado por nubes invisibles cargadas de información y premuras que nos apuran no sabemos adónde.

 



Gracias a todos, gracias especialmente a Sonia, Pablo, Alicia, que dejaron sus ocupaciones diarias para dedicarle tiempo y ganas a este acto hermoso, por hacer de lo importante un llamado necesario en medio de la selva, un pellizco en la esencia del niño que llevamos dentro y que nos trajo hasta acá.  Celebro este día con el corazón en la mano, la emoción cerrándonos la garganta, los recuerdos paseándose por nuestras  pupilas, por fuera y por dentro, fundiéndose en algunas lágrimas que asoman aquí.  Tenemos 8 años para recorrer el después y volver, los que podamos, los que querramos, con el afecto por encima de las circunstancias y los contextos.

 

Ni la imaginación llegó al poder, ni las guerras cedieron paso al amor pero nos quedó el recuerdo de aquellos años felices, un tesoro invaluable en tiempos difíciles.

 

Debajo de los adoquines de la ciudad de La Plata, tampoco estaba la playa pero sobre ellos, en medio del bosque, dentro de estas paredes, sobre estas baldosas y bajo estos árboles, siguen en la intimidad de nuestra memoria, los destellos de las figuritas abrillantadas, las antiguas, y los álbumes ansiando las difíciles; las carreras de pelota tres bases y handball en las canchas al aire libre; la hora del campito escuchando a Sui Géneris en alguna grabadora o del gimnasio cerrado oliendo a parqué recién lustrado; los cuadros sinópticos, las investigaciones en la biblioteca, las maquetas de telgopor del Partenón y los dibujos de Grecia; los gordos cuadernos cuadriculados llenos de cuentas matemáticas y geometría; los no menos gordos cuadernos rayados de lenguaje y composición; el aliento permanente a desarrollar nuestras propias destrezas con todas las herramientas que supieron darnos para prepararnos para lo que seguía.

 

Y si pido gancho nos daba un respiro, como jugar a la mancha, a la rayuela, al elástico y al poliladron; piedra libre era para que el llegara primero salvara a todos los compañeros.

 

Parafraseando a Joaquín Sabina, pasó el tiempo y no pudimos reinventar la historia pero supimos que todo era posible en 1968. Nosotros sí que lo supimos.

 

 

 

 

 

 

 

 

La Plata, 21 de abril de 2018

A 50 años de nuestro ingreso al Jardín de Infantes de la Escuela Graduada Joaquín Víctor González, anexa a la Universidad Nacional de La Plata

 

 

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