Tres Arroyos

Tres Arroyos es una ciudad de 66.000 habitantes en el territorio de todo su partido. Generosa como la más soñada, con calles y avenidas tan anchas que da gusto y -así todavía -no tanto como los tres y cuatro metros de aceras que disfrutan sus habitantes cuando las recorren, pasean, juegan, asientan con bancos, sillas o reposeras para compartir el mate del atardecer… ¡Qué veredas envidiables!
Paralela a la calle Colón, céntrica de negocios, tiendas, servicios y restaurantes, recorre la Avenida Moreno -hoy mucho más extensa que las diez cuadras principales que caminaba o andaba en bicicleta mamá en 1955. Al 936, está la casa de mis abuelos Vicente y Nemesia ,con el garage a cielo abierto, que deja ver el galpón del fondo, donde el abuelo tenía gallinas, herramientas de trabajo y el taller del camión. Alguna vez Juan Manuel Fangio y su hermano se detuvieron allí para arreglar un coche. Las persianas blancas de madera en las ventanas laterales continúan ahí y en el frente de la casa, hacia la vereda, donde estaba el jardín de rosales que daba al ingreso, agregaron una construcción -al parecer- para completar un agregado departamentito delantero.
Mamá no quiso, pero entramos hasta el fondo. No había nadie pero el galpón y las ventanas, el piso de cemento alisado del garage, cincuenta años, después seguían ahí.
Como la casa, ahora abandonada, pero incólume, de don Emiliano García el vecino inmediato, con el frente intocado, gris oscuro, de puerta altísima con ingreso al zaguán de piso de mosaicos y las ventanas altas con balconcito de reja torneada y postigos y persianas de principios del siglo pasado. 942, el número de la casa de don Emiliano, a pasos nomás de un locutorio moderno y pequeño, con cabinas telefónicas, servicio de Internet y venta de diarios del día, y a unos pasos más de la esquina con la avenida Libertad.
Mamá la recordaba de arena y ahora, asfaltada, la seguimos con la mirada por la jardinería al medio y en el centro de la intersección, la blanca estatua de la libertad con gorro frigio, alta, erguida, orgullosa, libre…
Al frente de la casa de mamá, ya no está la casona de los Díaz, la familia de la Chuchi. En su lugar, una casa de estilo inglés, más moderna, ladrillo visto. Ese lado de la cuadra cambió casi todo. Y a ese frente de la esquina Moreno y Libertad, se trasladó la panadería Tres Arroyos, de la media cuadra de don Silverio Díaz.
En la planta alta, que agregaron usando las viejas paredes frontales de la antigua casa, viven la Chuchi y su esposo Recari. Mamá prefirió no tocar timbre y cuando vi salir a un señor de edad de la puerta que parecía de acceso a la vivienda, se dio media vuelta y quiso irse. Parecía Recari el señor. Tal vez a la vuelta de Claromecó, se anime a llamar.
Linda señora Astrid Lundt, danesa y compañera de mamá desde la primaria en la escuela nº 8. Simpática, sonriente, con los dientes deshechos por la nicotina y con una tez blanca surcada de arrugas de buena persona. Ella vive en el campo con el esposo, producen trigo, avena y girasol, así como ganadería y lechones. Quince gatos, no sé cuantos perros y gallinas, dan vueltas por la casona que quedó grande cuando los chicos ya mayores hicieron cada uno su vida lejos del lugar. Ella hace manualidades danesas que son un primor: tela sobre telgopor de alta densidad. Y las expone en ferias, las vende. Tiene su pequeño departamento a la calle en Tres Arroyos y ahí pasamos un atardecer con mate y unas masitas de clara de huevo, azúcar y manteca, rociadas de café, muy dulces y delicadas, junto a Porota Rendo, una farmacéutica de rostro más que afable, delicado y bronceado, de ojos muy celestes y pelo rubio, quien nos alcanzó la reproducción de la foto de bachilleres 1956 y el cedé con la grabación de la fiesta de los 50 años de noviembre del año pasado.
Ahí apareció el Negro, Héctor Elcuaz, con sus 68 años.
El corazón se me apretó y exprimió un llanto incontenible por los ojos: es el vivo retrato del abuelo Vicente.
Cuando mi abuelo dejó Tres Arroyos para cuidarnos en La Plata, tenía esa edad en 1966. Y en 1975, 77 años. Qué cosa increíble, el sobrino y mi abuelo. El mismo dijo cuando me vio que para todo conocido, familiar y no, le decían del enorme parecido con su tío Vicente, “metódico, trabajador”. Hace 35 años que viaja al norte sin parar, lleva cereales, trae azúcar para fraccionar. Ahora el hijo y el yerno están a cargo de los camiones y del negocio. Se casó con una amiga de mamá, Norma, otra danesa de ojos azules y mucha simpática conversación. Tienen tres hijos: Liliana, Anahí, Gustavo Iván (Ian) y varios nietos. Como el Yiye, que en cuanto a vio a mamá después de 50 años puso en evidencia su memoria de elefante diciéndole “volviste Martucha” como si fuera unos días atrás, es hijo de Roberto, el hermano menor del abuelo Vicente, un hombre recordado por generoso e igualmente trabajador, bueno mozo y de simpatía singular, cuyo hijo mayor llevó el nombre de Luisito, otro hermano muy querido del abuelo Vicente que murió adolescente aplastado por un carro. El hermano mayor de los Elcuaz Goitia era Fernando que vivía en Buenos Aires. Ricardo, el hijo mayor de Ricardito, vive con la tía Ñata, su mamá de 94 años, Isabel Meave de Elcoaz, la única sobreviviente de la generación de la familia del abuelo Vicente. El domingo iremos a visitarla, nos dicen que es vivarachísima, anda de acá para allá, solita y sin darle ate ni desate a nadie, pitando como la que más.
Para el almuerzo, vinieron a buscarnos Astrid, Popón y el Negro Vaquerano, compañeros de la secundaria del Colegio Nacional. Simpáticos como los mejores. Popón ofreció llevarnos a Claromecó mañana, el balneario de Tres Arroyos y de la infancia de mamá, que ahora tiene una ruta recién asfaltada y queda a sólo 73 km. de distancia. Allá Luis, otro compañero de mamá, tiene balneario al mar, Samoa, y allá comeremos merluza. Hoy almorzamos en “La Argentina”, uno de los escasos restaurantes abiertos este viernes de semana santa. Mamá comió unos sorrentinos con salsa de cuatro quesos que ni te cuento. Compartimos un Traful tinto de tres cuartos y una charla más que rememorativa, actual y rica en anécdotas. Los que ya no están, los que no aparecieron, los que están y no se veían nunca y cómo ahora, los organizadores de la fiesta de 50 años se ven más seguido que se conocen toda la vida en tres meses. Popón es médico ginecólogo jubilado, estudió en La Plata y cuando volvió a Tres Arroyos, 45 años atrás junto a otro como él, los tresarroyenses dejaron de nacer con las parteras. Dice que en unos años, los bebés nacerán sólo por cesárea porque el parto natural es un sufrimiento innecesario. Comparto con él. Negro Vaquerano, heredó la farmacia del papá, siguió con ella y los hijos también. Más calladito, asiente las conversaciones de Astrid y Popón, que derrochan simpatía con mamá. Gente toda buena, la que conocimos. Linda como la ciudad.
Huracán tiene un lindo club y un estadio –el antiguo- rodeado de nuevas tribunas e instalaciones desde que subió a Primera A, la sede de Quilmas está medio abandonada. La Cruz del Sur tiene una sede a todo dar, con canchas de básquet, bowling, gimnasios y allá donde era casi afuera de la ciudad, al otro lado de la avenida Libertad, sigue la pileta a la que iba mamá. La Biblioteca Pública está en el lugar de siempre con la fachada restaurada y en el antiguo Colegio Nacional, secundario de mamá, funciona la primaria Manuel Belgrano. El Nacional tiene unas instalaciones espectaculares donde era la plaza Dardo Rocha, al lado de la Municipalidad. Dicen que las jardineras centrales de las principales avenidas, antes de empedrado o entoscadas, fueron retiradas cuando decidieron asfaltarlas. Pero hace tres años las volvieron a construir y sobre ellas sembraron nuevos jazmines e instalaron las viejas farolas de Luz y Fuerza que conocía mamá. Fue en tu honor, mami, le dije, sabían que ibas a venir y querían que encontrés Tres Arroyos completa con todo lo lindo de antes y lo de ahora.
Y así está la ciudad.

Claromecó, en araucano, significa tres arroyos con junquillos o simplemente tres arroyos. Es la playa de la ciudad, queda a sólo 60 km. Está a salvo aún del consumismo y de la moda de la costa atlántica argentina como MardelPlata, Cariló, Pinamar o Villa Gesell, pero la modernidad está a la vuelta del próximo verano, seguramente. Los tres arroyos, Seco, Quequén y Cristiano Muerto, desembocan en el arroyo Claromecó que a través del viejo puente peatonal y ahora del nuevo puente vehicular une la playa de arenas oscuras y la ciudad balnearia de 1938 con Dunamar, playa rodeada de médanos fijados con hermosas arboledas plantadas cincuenta años atrás por el hermano de Gesell y que ya, poco a poco, va siendo descubierta por los citadinos inversores en casas de mar. Dicen los tresarroyenses que Claromecó es el lugar de encuentros, fiestas y vacaciones de los niños mayores y de los adolescentes en sus primeros pininos de independencia de la familia. Allá no hay grandes peligros de rutas, asaltos, drogas ni grandes concentraciones de gente ni carreras de autos en sus calles, así que sueltan a hijos y nietos a pasear en verano o en la vacación del estudiante, una semana completa de septiembre o la del niño.
La playa tresarroyense es tan amplia como las avenidas de la ciudad: fácilmente son 200 metros o más de arenas oscuras por el alto contenido de hierro y el mar, no tan frío a pesar de estar más cerca del sur patagónico, es seguro y también apto para la práctica de deportes marinos como surf, velero, etc.
A ciertas horas del día, el viento del sur sopla con intensidad, vuela la arena y no impide que el encanto de la naturaleza diáfana se haga sentir en uno mismo.
Con todos los servicios necesarios para una grata estadía, los frutos de la pesca fresca son la principal invitación para las comidas de Claromecó.
Samoa es el balneario de Luis Brito. En temporada llega a tener 38 empleados que atienden la playa, las clases de surf, la cocina y el restaurant. Es un parador rústico y acogedor con baños, duchas, vestidores, toldos y atención sobre la misma arena al lado del mar.
Popón Desperes, la señora y el hijo menor, estudiante del último año de medicina en La Plata de 23 años, fueron nuestros conductores por la ruta nueva sobre la que casi al llegar está la tranquera del campo de Astrid. Ellos tienen una casita linda a media cuadra del faro de Claromecó y a un par de cuadras, el gigante de la urbanización ya da grandes pasos con varias nuevas manzanas de lotes listas para la construcción.
Almorzamos mamá y yo cornalitos y file de gatuso con una ensalada de zanahorias y huevo duro. De postre, una bananita dolca, un suflé de chocolate y dos buenos cafés mientras le dimos duro a La Voz del Pueblo, diario tresarroyense fundado en 1902, y El Periodista, periódico mensual de apenas unos años, además de los cuentos escogidos por Ernesto Sábato de la literatura universal, un álbum de fotos de la vida de Claromecó y varias revistas de yoga, buena salud, debate y política.
Luis Brito nos contó sobre el gran número de conocidos operados de cadera que tiene y todos ellos con el mismo resultado: les pesaba no haberse operado antes y sufrido tanto como antes de la operación. Nos contó el caso de un muy amigo suyo que debió operarse las dos caderas, ni bien terminó esa historia, llegó el hombre tan campante quien es Concejal de la UCR, un hombre grande con físico de deportista y bronceado por el sol. Estaba en shorts, remera y alpargatas y nos contó que sus dolores comenzaron a los 38 años y aguantó casi doce antes de operarse: su posoperatorio fue lento por prescripción médica, siete días internado, un mes en cama inmóvil, un mes con doble bastón y otro con uno. Ahora salta, juega fútbol y lleva en andas a su hijo de 140 kilos. Se arrepiente de no haberse operado antes. Nos muestra su pierna, algo más gruesa que la otra y nos dice que cuando maneja como 300 km. siente que se le adormece y nada más, no le molesta para nada. Se operó en Mar del Plata, como once mil dólares la mejor prótesis que le ofrecieron (claro, dos).
Claromecó es muy lindo, Dunamar también. Lindo lugar para vivir y para veranear, poca gente, gente amable, sin ruidos, con mucha playa y mucho mar. Casitas chiquitas, modestas, acogedoras, clase media. Sin las rimbombancias y pretensiosas construcciones de Cariló y con los mismos bosques y sombreadas calles que provocan a pasear y caminar sin rumbo o con rumbo al mar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *