Marirrós, buen viaje guerrera exquisita

Qué noticia más triste. Te fuiste, guerrera. Te fuiste hermosa sobreviviente de los dolores más duros y de las batallas más íntimas, Mary Ross Tonelli. Los huracanes, las tempestades, los tifones, la fuerza de la naturaleza y la teoría de la relatividad, de la evolución y la ley de la vida, querida mía, suceden finalmente como estaba escrito. Implacables.

El último día de agosto, después de 30 años recorridos con los hijos a las colonias de verano y luego solos ellos por su cuenta disfrutando los días, las tardes y los anocheceres del Urbarí Racquet Club, había enviado mi carta de solicitud de baja de aquella cuota accionaria que mes a mes pagamos casi desde los inicios de este centro recreativo. Pensé más en achicar gastos que en los beneficios que tantas veces me mostraste, cuando en las mañanas lluviosas te encontraba tan temprano radiante, empezando a ejercicio pleno y a tu ritmo, la jornada que le ganabas a la vida.

No te conocí en mi ciudad de nacimiento, donde estudiaste como mis padres unos años antes que vos en la Universidad Nacional de La Plata, y donde viví hasta enero de 1977, poco después de terminar la primaria.  Aquí supe tiempo después, mucho tiempo después, que fuiste una víctima sobreviviente del terrorismo de Estado, junto a tu pequeño de meses, y del horror perpetrado en Mingo Teruggi, un abogado justo, de ideales y méritos, defensor de los derechos humanos, uno de los fundadores de Franja Morada, la opción democrática universitaria de la Facultad de Derecho, secuestrado y asesinado junto a Sergio Karakachoff.

Nos encontramos por primera vez en la sala de teatro de la Casa de la Cultura, en la Santa Cruz de la Sierra de finales de los 80, celebrando larga vida a Los Artistas, esa comparsa de bohemios irrebatibles a la que pertenecía el querido Topeka Moreno, tu entrañable esposo con quien hicieron una pareja que contagió ternura, un enorme amor, un gran compañerismo, donde fuera que estuviesen. De Topeka, guardo en el recuerdo, todo lo aprendido de sus informes técnicos como gran profesional de la Corporación Regional de Desarrollo, especialmente en el desarrollo de las provincias cruceñas, quizá el único experto en el área social de esos tiempos. Un ser humano de calidad superior como la tuya y como la del equipo de amigas hermanas, esas personas que se encuentran y se eligen hasta el fin de los tiempos, sin que necesariamente existan lazos de sangre de por medio. Gigia, Ceci, Marthita, Yubinka, María Renee, todas mujeres de una generación de avanzada, profundamente humanas, sensibles y sabias. Tu familia grande más allá de la enorme familia Tonelli, de hermanos cultos y queridos. Fuiste amada y derrochabas amor por donde pasaras, amor a tus hijos, amor al planeta y a un mundo más solidario, respetuoso y pacífico, al arte y la música, al yoga, a la huerta, al aire libre, a las plantas.

 

 

 

Lo triste del momento no empaña la grandeza de tu alegría, de tu inteligencia, de tu amor a la vida, que se queda entre los tuyos y un poquito, quiero que conmigo. “Lo ideal es una copa de vino al atardecer, leyendo un libro”, sonreías quizá planeando el final del día, después del trabajo de laboratorio como la gran profesional bioquímica y compañera de tu equipo que fuiste en Biomed y la Clínica Urbarí. Te pintaba de cuerpo entero aquella máxima: “No compitas con nadie, no tienes que demostrarle nada a nadie. No tienes que llegar adonde otro llegó, sólo superar tus propios límites. Sé la mejor versión de ti mismo”.

Ya entonces tu lucha de sobrevivir a la enfermedad mortal de Topeka, era la de sobrellevar la propia. ¿Quién podía hacer otra cosa que admirar tu entereza?

 

 

Hoy quería contarte, Mary Ross, que decidí revocar esa carta y volver al lugar que extrañará tu perseverancia, tu prestancia y tu presencia admirables, pedaleando la bicicleta estática con un donaire como ninguna mientras leías tras tus lentes intelectuales, apoyado sobre el manubrio, el periódico completo de punta a punta.  Intentaré hacerlo más seguido para que miremos las palmeras, escuchemos el viento, disfrutemos la vista del agua de la piscina a través de la ventana y celebremos habernos conocido los pocos instantes compartidos.

Te debía estas líneas que no tuve el momento para dedicarte, al acabar de enterarme estando lejos que, a mi vuelta, ya no estarías. Buen viaje hasta el cielo y más allá, Choss, junto a tus seres de luz, maestra querida de la vida.

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