A 33 años de democracia

En estos tiempos de la revolución del 52, muy acertadamente llamada por Alfonso para Emma a nuestros simbólicos y estratégicos años, y que me trae en bandoleras desde muchas previas atrás, he aquí un instante propicio para repasar por el corazón –recordare– en esta fecha importante, este 10 de octubre.

Porque llevamos ininterrumpidas y libres, tres generaciones de nacidos en democracia: 33 años, que en tiempos de generalatos, caudillismos, laberintos y libertinajes, es mucho. Y poco para que dure siempre.

Porque supimos lo que dejamos, lo que perdimos, lo que costó, lo que hicimos, lo que no.

Porque estuvimos quienes estábamos y estamos vivos y sabemos quienes no.

Porque fuimos y somos para esto – lleno de ensayos, de abusos, de fallos y de aciertos – y podemos dar fe que ese pasado fue peor.

Porque todavía cantamos, todavía soñamos, todavía pedimos, todavía esperamos… Todavía resistimos y seguimos.

Porque hubo un futuro soñado y, con todas las atrocidades, injusticias, inequidades, traiciones y sofismas, el presente es el que más se le parece porque existe, existimos, y no es pasado, somos, y tiene futuro.

Porque ayer como hoy, los sabios son los sabios y a las letras muertas, a las que vaciaron, deformaron o lastimaron, las hacen volar cantando los cantautores y los cronistas de la historia, los trovadores del fin del siglo veinte.

El sur existe.

 

 

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