6 de agosto, día de Bolivia

Es domingo, el primero de agosto y día de Bolivia, el corolario de una independencia americana de idealistas, perforada por los intereses de los criollos de turno aliados de los realistas, no aquellos españoles defensores de la Corona sino los que vieron que en lugar de trabajar para los Reyes era mejor lucrar para ellos mismos que estaban tan lejos y tan cansados de conquistar y expoliar.
¿Qué ha cambiado o mejorado con eso?
Las personas libres, las que creen en el propósito de hacer de la vida misma una Patria a la cual querer, en la cual reunir los afectos y los obstáculos para superarlos, no para aprovecharse de ellos.
No cambiaron los intríngulis del poder, como en todos lados donde hay dinero y ambición.
La Patria es la de los niños, a quienes no les importa el color sino alzar una bandera, jugar aventuras, lucir una escarapela, bailar porque bailar emociona y libera, cantar porque cantar emociona y libera, recitar porque recitar emociona y libera, desfilar porque se siente parte por un instante de la atención de todos y menos nadie, menos ninguneado, por ese poder que dice hacer lo mejor.
Esas pequeñas cosas que no pasan todos los días y los poderes aprovechan para volverlos rigor y jaula y transformar a los libres en rebaño.
Con una escarapela tricolor en el pecho, ahí van mis nietos hacia el 6 de agosto con los sueños más puros de los que dieron la vida por una Patria que todavía no conseguimos.
Me gustan las fechas patrias porque instalan la memoria y las tradiciones, hablan de personas con sueños y con frustraciones, personas que nos antecedieron y cuyas historias heroicas nos dicen de sus propósitos, más que de las miserias que se repiten.

En ese verdadero juego de tronos que es la vida pública, donde juegan y pugnan los intereses, con robo, corrupción, asalto y muerte, esa que se recita en los libros de historia, que se nos impone al alero del relato de esos héroes del mismo material que están hechos los libros. Nosotros somos los héroes verdaderos. Los que nos levantamos todos los días, los que sacamos adelante a nuestras familias, los que luchamos por hacer de cada día un relato épico que quede grabado a fuego en los valores que inculcamos a nuestros hijos.

La verdadera Patria reside en lo cotidiano, como residió en nuestros padres y abuelos, donde quiera que les tocara vivir. Como reside en mis nietos y sus danzas nativas y su desfile escolar y sus ojos tan abiertos al saber para qué sirve un baquitú, un churuno, un jasayé, un sombrero de saó, un sarao, un tari, un panacú, que disfrazan el 6 de agosto, el 26 de febrero y el 24 de septiembre pero se usan a diario en los pueblos de gesto antiguo que rara vez visitamos.

Mi patria es mi infancia y son mis hijos y mis padres y es mi cuarto propio y es mi lugar en el mundo, allí donde me acurruca el descanso de la guerrera.

 

 

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