Moverse, respirar, hacer

“Estar sentado el menor tiempo posible; no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y pudiendo nosotros movernos con libertad, a ningún pensamiento en el cual no celebren una fiesta también los músculos.  Todos los prejuicios proceden de los intestinos. La carne sedentaria –lo he dicho en otra ocasión- es el auténtico pecado contra el espíritu.”

 

Friedrich Nietzche

 

Nietzche fue un gran caminante.  Muchos grandes pensadores y escritores que releo con placer, también.

 

Cuando estoy en movimiento, surgen mis mejores cuestionamientos, mis ideas más inspiradoras y, sobre todo, mis momentos de mayor serenidad y conciencia.   Cocino con gusto y satisfacción con lo que encuentro en la heladera y en la alacena, moviéndome entre la mesada, el lavaplatos, las hornillas, los cajones de utensilios, el aparador de los frascos de cereales y especias.

Lavo las ollas, la sartén, la plancha parrillera, el menaje de cocina, todo después de cada comida, como un ritual de meditación, entre terapéutico y reparador.  Lavo y tiendo ropa oreándola, viendo lo más prolija que quede con tal de no planchar.

Las tareas de la casa, salvando que me apure alguna actividad laboral remunerada o todos los imprevistos que demandan los hijos de por vida, tienen para mí ese doble propósito que, además nos recuerda a diario de qué está hecha la vida real y cómo sus quehaceres básicos nos mantienen en la humildad, la limpieza, el orden, la austeridad, la práctica cotidiana de la transmisión de los saberes humanos necesarios para sostener la supervivencia, la convivencia y las relaciones familiares del hogar, de la misma casa.

Aprendí desde muy chica, de mi abuela y de mi madre.  Las veía hacerlo sin quejarse y sonriendo y cuando fui jefa de hogar comprendí que para ellas no era una imposición del patriarcado, sino una elección de amor.  Mi abuela no salió de su casa nunca, a no ser que tuviera que trasponer la puerta hacia la calle por alguna obligación: las compras del día las había el abuelo, ella lo mandaba a cobrar la jubilación, pagar las cuentas, a la feria de los miércoles y de los sábados.  Mi mamá trabajaba en su profesión en la oficina, en la Universidad o yendo semanalmente a ver las construcciones que dirigía fuera de la ciudad, pero no había día que no estuviera el almuerzo casero en la mesa, la ropa para ir a la escuela temprano cada mañana sobre la silla, el baño caliente antes de acostarnos.  No tuvimos una persona que ayudara en casa hasta que cobré mi segundo sueldo a mis 19 años.

Lo único que me rebelaba desde pequeña, era esa obligación impuesta por mi papá condicionada a una buena penitencia plantoneada contra la pared o una zurra a la hora que volvía del trabajo y su orden no había sido cumplida.  “Debíamos” ayudar en casa y no era suficiente que desde chiquitita tuviera mi pieza impecable, lo que para mí era un juego de muñecas, hasta con biblioteca inventariada personalmente.

Muchos años después, en mi propia casa tuve la suerte de recibir a mi compañera de los últimos 22 años, quien imagino como el ama de llaves que se hacía cargo de las vidas aristocráticas de los ingleses.  Sin ella, mi desempeño laboral hubiera sido imposible.  Con cuatro niños y una casa a cargo, a pesar del socorro de los primeros años de mi mamá y mis hermanas y hermano, mi compromiso con las ideas iba mucho más allá de las ocho horas diarias cumplidas.  Igual, los fines de semana, la gran vida siempre fue la mesa grande de la familia, la cocina, los trastos, tratar de poner orden y organización de algún modo en el que cada uno aprendiera que ser parte de la tribu, era hacer cada uno su parte.

Ahora somos todos adultos en la mía.  Ahora, igual que hace más de veinte años o que a los 18 y a los 8, aunque todos sean grandes, me gusta no quedarme quieta y seguir rumiando eternamente, que quien no limpia, tampoco ensucie. Me río después de un buen grito pero lo vuelvo a hacer menesterosamente, es inspiracional.

Casi todos estamos en casa y disfruto silenciosamente que cada uno de los integrantes de la Casa del Mango, es presente y es futuro con independencia de gestión.

Porque la vida se trata de eso. De cómo seguir solos, ser felices con poco, valerse por sí mismos y compartir con quien se elija convivir, la autonomía conseguida.

Nada de lo que aspires como propio, exceptuando cosas que como llegan se van, lo hallarás allá afuera.

Caminar, en una caminadora por salud, por deporte, por competición, por estética, o por ahí, en la calle, en el parque o en casa, ejercita todos los cuerpos humanos que contiene el que ves y te sostiene. Descubrirlos, solazarte con ellos y ponerlos en movimiento, te da vida a cada instante:  renovada y real vida.

 

 

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