Si me preguntan, yo sí conocí un héroe de verdad, de carne y hueso.

Escaló altas montañas, nadó en aguas cálidas y heladas, caminó miles de kilómetros, recorrió cerros, quebradas, ciudades, campos, soledades; a la intemperie, a sol y lluvia, pasando frío y calor; cumplió las travesías y las aventuras que muchos ni siquiera llegan a imaginar…

Subía a un ómnibus de larga distancia y ningún pasajero viajaba tan tranquilo y quieto en su asiento durante más de 14 horas.

Aguardaba la hora y media completa de clases de su humano, sentado atento afuera de la puerta, desde que se cerraba por dentro hasta que se abría y recibía moviendo la cola.

Era imposible acercársele a su humano de la vida si estaba durmiendo, como a su plato de comida si aún no probaba bocado hasta quedar satisfecho.

Mushu en casa, de vacaciones.
El día que Mushu llegó a la Casa del Mango.

Inseparable de su humano, anduvo de la Chiquitanía al Sajama y de la Patagonia al Caribe. Vivió en una isla vecina a la Isla del Sol, más allá de la Muela del Diablo y en las costas del Titicaca. Nació en el Plan Tres Mil, en el Centro Cultural San Isidro, el 16 de junio de 2013, junto a sus ocho hermanitos. Hijo de Tabita y de Darko Junior, lo recibimos en adopción en la Casa del Mango unos días antes de mi cumpleaños, muy chiquito porque la mamá no daba abasto con tanto lactante.

Hace un par de años se convirtió en un guardián campesino, en una casita en el bosque de uno de los cerros de El Torno. Siempre junto a su humano.

Siempre al lado, en las buenas y en las malas. 
Siempre protector, siempre compañero.
Siempre leal…

Nada de lo que recuerde y escriba será suficiente para hacer justicia a su paso por el mundo.

Te amamos por siempre, Mushu.
Gracias por tu vida, 
el mejor ejemplo para cualquier ser humano.

El dolor es inmenso.
Que descanses en paz.

El más noble.

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