Y llovió en la noche de Año Nuevo. 

Mojando peinados, vestidos y pestañas; 
mojando zapatos de marcas famosas, chinelas y abarcas; 
mojando las mesas con poco y las mesas con todo; 
mojando la piel, el jardín, los bailes, las penas, las risas.

Lavando los restos de los fuegos artificiales, 
lavando las copas, los parques, 
lavando los toldos gremiales, los patios, los grandes salones, 
lavando las bolsas plásticas verdes al viento, las calles.

Recordando las goteras, las rendijas entre las tejas, 
recordando la nostalgia del año ido con los otros años, 
recordando la frescura del estreno, la cruz que al amanecer pesará de nuevo, 
la fe inquebrantable en que éste que empieza, será el año bueno.

Poniendo banda sonora de fondo 
a las carcajadas, los reproches, los silencios, los brindis, 
los abrazos, las celebraciones, las declaraciones de amor,
las citas a escondidas, a la noche.

Llovió como llueve cada Año Nuevo.

Como si fuera parte del programa previsto después de la cena, 
del pasar las 12 campanadas, las 12 uvas, el calzón nuevo, 
el recuento de las monedas bajo el plato, 
la caminata apurada con la maleta de viaje alrededor de la placita del barrio, 
de la hora del yo te estimo, del arrullo de quienes descansan.

Llovió como sólo llueve en Santa Cruz, 
como postre del Año Nuevo.

Gabriela Ichaso, el primer día de enero de 2020, al final de la segunda década del siglo

#HoySeVive

Poesía.

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