Durante ese paseo de fin de semana a la quinta de Villa Elisa, no sabíamos que sería el último en la familia y en la tierra que nos vio nacer. Quizá hubiéramos odiado menos los sombreros de sao que nos quedaban enormes y la orden paterna de deshierbar ese pastizal gigante a la vista de cuatro niños. Quizá hubiéramos comprendido como algo simbólico el entierro de la mamadera de mi hermanito, un momento aterrador que quiso parecer un acto de valor de desprenderse de una querencia para dar lugar a la madurez de la niñez escolar. Violento como quedarse en la escuela el primer día de clases del jardín de infantes, en medio de desconocidos, a cargo de una desconocida, pidiendo permiso para ir a un baño desconocido, tomando una merienda de forma desconocida, guardando asiento durante un tiempo determinado y desconocido, aprendiendo de prepo que hay un mundo al que exponerse fuera de la seguridad de la casa de los abuelos.

Con mucho esfuerzo, mis viejos habían adquirido ese pedacito de campo en medio de otros terrenos vacíos. Los pocos vecinos de la época estaban lejos pero se veía sus casas desde los troncos y el alambrado que rodeaban el predio. Hicieron un monoambiente ladrillo a ladrillo, que quedó en obra gruesa pero era la única sombra en la que guarecerse bajo el sol de enero. Plantaron árboles que crecerían con los años, como nosotros.

Antes salíamos a los parques y a las plazas de la ciudad de las diagonales. Ibamos al zoológico a ver a Pelusa, la elefanta, y a la jirafa sin nombre, o que no lo recuerdo; hacíamos picnic bajo los 100.000 eucaliptos plantados por Martín Iraola en el bosque de La Plata; visitábamos el Museo de Historia Natural o a los padrinos, Neda y Campito, que nos invitaban facturas mientras los adultos cebaban mate.

A finales de 1976, egresé de la primaria con un sabor agridulce. Mi abuelito querido había muerto y ya nadie me tomaba de la mano para ir a cobrar la jubilación y regalarme un pedacito de queso parmesano de cáscara negra. La larga calle 50 que caminaba hasta la avenida 1 para subir al colectivo que me dejaba a una cuadra de casa había dejado de ser parte del paseo relajado y a la escucha de los pajaritos, a la vera del aroma a bosque. Por ahí, a la salida de clases, nos pedían el documento de identidad. Nunca lo había tenido en mis manos. Era raro tener que portarlo a los 13 años. El único carnet que llevaba en la canasta de útiles, hasta entonces, era el de la biblioteca pública, adonde me escapaba algunas tardes a leer a los libros maravillosos de Alvaro Yunque, Javier Villafañe, las enciclopedias Lo Sé Todo, a respirar sueños e historias.  Habían secuestrado y desaparecido a chicos del Nacional y de Bellas Artes, el secundario adonde me había anotado mi mamá y al que el último año había asistido tres veces por semana a clases de arte.

Días después de deshierbar la quintita y probar las bicicletas en la tierra desigual lidiando con los sombreros, papá se fue a trabajar a su ciudad natal en ese país lejano que no se parecía a mi casa, a mi barrio, a mis compañeros, a la biblioteca, a la librería, a los malones, a la pileta universitaria.

Los cuatro nos quedamos con mamá y la abuela vasca. Un año. Lo que habrá lidiado silenciosa mi madre. Teníamos que prepararnos para irnos. El horror rondaba el país y mis padres creyeron que lo mejor sería rehacer la vida en ese lugar extraño, de donde migró y hacia donde se dirigió de vuelta papá en busca de otro horizonte. Volvió y arregló el auto para partir. Yo iría de su copiloto mientras mamá, la abuela y mis hermanitos partirían en avión un mes después.

No tuve tiempo ni conciencia de despedirme. De las hierbas del campo, del bosque encantado, de mis amigos de infancia, de la casa de pasillo largo y del cemento alisado de la casita en la nada. En alguna parte quedaron los sombreros que no volví a ver.

Uno de los 14 textos escritos contra reloj en el 2º Mundial de Escritura, uno por día con una consigna diaria diferente, organizado por Santiago Llach, con 5400 participantes. Participé en la Zona 6 y con el equipo seleccionado por la organización al azar «Chardonnay de Letras».

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