Cada muerte por coronavirus, por violencia, por enfermedad, cada muerte antinatura, es un dolor para una familia. Esas expresiones periodísticas o irreflexivas que ponen en un número mayor o menor al de ayer sólo alimentan el morbo o el descanso por la estadística. La estadística es útil para el estudio, para las ciencias. La muerte, otra vez, antinatura, lejos de ser un número, representa el fin de una vida que duele como a nadie a sus cercanos.
Desde que nacemos estamos seguros de la muerte, lo único seguro de la vida. Nacemos, vivimos y morimos.
Como toda especie viva subsistimos en el medio que es el mundo.
La pandemia, lejos de aterrorizarnos y hacernos creer que acabará con todo lo que somos, nos pone en autos (por usar una figura común de los abogados y las leyes) de lo que esperamos que sólo nos suceda llegando a viejos, cuando la realidad es que por el sólo hecho de nacer ya tenemos bajo el brazo la caducidad de la vida.
Lo aprendemos en las primeras lecciones de primaria de ciencias naturales. Los seres vivos nacemos, vivimos y morimos.
La historia de la humanidad es el relato de los que viven y mueren. El tránsito nos muestra las luchas por sobrevivir de muchas formas y también de abrazar, voluntaria y más aún obligadamente, intereses por los cuales morir en el intento.
Nadie sabe a ciencia cierta cómo y dónde se originó el rey de los virus del 2020. Nadie, digo, de nosotros comunes mortales. Pero no es extraño a la vida de nuestros ancestros.
El siglo XXI sucede al XX, al XIX, al XVIII, al XVII y a los anteriores. Son siglos de descubrimientos de virus con los que lidia el ser humano. La única diferencia con el pasado es que nunca antes habíamos tenido tantas democracias como las que transitamos, que nunca antes podíamos tener tantos medios para publicar cada una lo que sentimos, lo que pensamos, lo que confabulamos.
Sólo un plan desconocido podría atentar deliberadamente contra la vida de la humanidad a conciencia.
Mientras tanto, los gobiernos democráticos están lidiando a error y ensayo a ver cómo le aciertan para minimizar los contagios o que se expandan creando poblaciones inmunizadas con la menor mortalidad posible.
Tenemos piedras para arrojar a los gobiernos: Por corruptos, por inútiles, por feos, por desagradables, por la razón que se nos ocurra a cada una desde nuestra perspectiva. 
Pero pensemos dos veces antes de arrojar la piedra que derriba la posibilidad de garantizar la vida que tenemos y la que viene en un sistema democrático. Esa piedra arrojada por creer que nuestra percepción es más válida que lo que hace un Gobierno en estas circunstancias, una piedra que parece un guijarro en la nada o la estrategia de una lápida que lo entierre, es responsable de arrastrar a todos sin salvación individual por más a salvo que se crean los salvadores.
Esta digresión es universal. En el pequeño país de 11 millones de habitantes que nos tocó un gobierno transitorio, la reflexión es más urgente. A los que apelan a la Constitución por encima de la pandemia para reclamar derechos y deberes, a este gobierno transitorio sólo le cabía llamar a elecciones. Si por leyes y alegatos fuera, la Presidenta devenida de la sucesión por abandono del poder del prófugo y fraudulento, debía ocuparse de que haya elecciones antes que nada y dejar la pandemia para el gobierno que viniese en las elecciones encomendadas.
No espero nada de las multitudes aleccionadas, tampoco de las mentes fanatizadas por el poder, en realidad, no espero nada de nadie. Apenas esbozo la derrota a la que me resisto, la derrota que quieren imponer los que saben que pueden reflexionar y eligen no hacerlo, la derrota que esgrimen los que levantan su mazo para demostrar su razón en lugar de elegir cambiar su postura para contribuir a defender un gobierno transitorio imprescindible para el tránsito pacífico y democrático en medio de la adversidad acumulada.
En lo nacional, Ella es la única salvaguarda de que todos podamos seguir adelante en democracia y no porque yo quiera o la defienda, sino porque vivimos una realidad ineludible, porque la realidad presente está sujeta a la subjetividad de 11 millones de bolivianos o al derecho al hartazgo de una mujer a cargo de que sigamos vivos, opinando y votando libres, en democracia y sin la sombra de los totalitarismos o de condenarla al destino ruín de Siles, Bolívar, San Martín o tantos que se jugaron la vida por patrias desagradecidas, mezquinas y subyugadas por intereses personales.

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