Hace unas horas, cuando mis nietos se acostaban a dormir, les decía que mañana sería una fecha para celebrar por esos motivos.

Nieto 2, desde su almohada, me dijo que no habíamos preparado nada para celebrar y aceptó con tanta ilusión que le dijera que igual haríamos algo especial, que me alegró este instante antes de encunarme.

Me alegró saber que no haya huevos de Pascua ni misas públicas. Me alegró que no haya regalos con que verse obligados a comprar por lo que dicen. Me alegró que la cuarentena, con todas las restricciones de recibir y visitar a nuestros seres queridos, nos imponga vivir con lo que hay.

Es cierto que los que pueden y tienen con qué, festejan el día con lo que les plazca.

Y no es menos cierto que se puede honrar las creencias o los días festivos, con nada más que la conciencia de sentirlos, de compartirlos, apenas con un gesto y una conversación.

Es el día de la vuelta a la vida del espíritu del hombre más emblemático de la historia de la humanidad, el que -cualquiera fuera la religión profesada- tiene transcrita su vida en La Biblia de los cristianos.

Profeta, para algunos, e Hijo de Dios, para otros, su historia es la más bella de todas. La menos practicada en la humanidad.

Contra lo que podamos interpretar de Su historia (y escribo Su con mayúscula para los católicos y para resaltar su unicidad en los incrédulos), a lo largo del tiempo, sigue siendo un ejemplo de humildad, de amor propio hacia el otro, de sencillez, de austeridad.

Mañana pondré muy temprano escondidos en el jardín, los bonobones que conseguí en el barrio para que los encuentren mis nietos. Y seguiré pensando qué privilegio tengo de hacerlo, ante los que no tienen jardín, los que no tiene patio, los que no tienen siquiera un techo donde sus niños hagan fiesta seguros, siquiera, alrededor de su cama.

La culpa es una enseñanza católica, sin duda, que objeto por hacerla un instrumento de dominación. La culpa es, en el ideario republicano y democrático, en el ideario ciudadano, una sentencia que resulta de un proceso justo ante una acusación y las pruebas suficientes que argumentan un delito demarcado en las leyes mundanas.

Dios o no Dios, Jesús, escribió un humano en La Biblia, dijo: Dejad que los niños vengan a mí. Y pienso en Jesús y cuánta razón tenía a sus menos de 33 años, con una madurez adulta y con un respeto absoluto. 

Los niños son felices con amor. Las cosas las imponen los adultos. Los niños son los que menos joden en esta cuarentena, son los que se adaptan sin otra exigencia que un poco de juego, de ocupación y de atención.

Si exigen algo, es el hambre y el respeto, a su manera, el respeto a no ser abusados por los grandes.

Quisiera saber cómo ayudarlos. El hambre precisa alimentos y el abuso requiere un alto a la demencia animal que se instala en momentos o en conductas adultas.

Este domingo de Pascuas y del Día del Niño, deseo que hoy y después seamos militantes de un mundo distinto. Que nuestros recuerdos de infancia, buenos y malos, sean inyectores de actitudes acordes a los derechos de la infancia, a que los niños vivan su niñez como son, libres de las imposiciones del sistema que vivimos, de las taras que sufrimos.

Feliz Pascua, feliz Día del Niño.

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