El Cabildo cruceño del 4 de octubre marcó un antes y un después en la historia del país.  Confluyeron factores determinantes que unificaron un sentimiento de hartazgo generalizado y una participación inédita de la población presente y a distancia, a nivel nacional.  El incendio de la Chiquitanía y la solidaridad de los 9 departamentos ante este desastre del que nadie se sustrajo y por el contrario, conmovió a ayudar de todas las formas posibles desde cada rincón de Bolivia, encontró una forma de organización civil voluntaria inédita. A las movilizaciones espontáneas posteriores al Referéndum del 21 de febrero de 2016, principalmente autoconvocadas por mujeres y jóvenes en plataformas  diversas sin distinción de creencia, origen u ocupación, se agregó el objetivo que ya no era solo protesta sino una cadena humana de voluntades aprovisionando desde bomberos hasta logística, alimentación, agua, transporte, lo que fuera para salvar los bosques y las áreas protegidas. 

Ese Cabildo fue convocado con una mirada amplia y de mayor comprensión de la realidad que cualquier iniciativa política.  Asistieron familias completas que caminaron kilómetros para concentrarse a los pies del Cristo Redentor, un lugar emblemático de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, tanto como la Plaza Principal y la Catedral pero mucho más espacioso.  Camacho supo escuchar e interpretar lo que unía tantos bolivianos diversos y aunque en ese momento no se entendió que por primera vez una figura paceña de los quilates de Waldo Albarracín estuviera en el escenario y hablara a más de un millón de cruceños, cruzó las fronteras que hasta entonces se circunscribían a lo regional. También se dio voz a las mujeres que representan la lucha por la democracia desde el golpe asestado por el TCP con la habilitación del presidente contra la decisión del voto popular del 21 F y a los representantes legítimos del drama chiquitano.

El uso de la fe, sin invocar religiones, también aunó en un momento en que las leyes y los partidos políticos habían sido sobrepasados sin dar solución democrática al abuso del poder oficialista. Tampoco habían sido de ayuda alguna las invocaciones repetidas a organismos internacionales.

Los cabildos, desde aquel, fueron el ágora de la participación directa de la ciudadanía, algo así como la última chance tangible que percibía la protesta y el repudio a lo que venía sucediendo.  Como saber que sólo nos teníamos unos a otros, la familia, los amigos, los desconocidos parados unos al lado de los otros para encontrar algún modo de ser escuchados.

A Camacho no lo hizo la gente, lo construyó Evo y su entorno.  En una larga historia de caudillos, representó la antítesis del que se creía y se manejaba con el poder absoluto, pasando por encima cualquier institucionalidad.  Antes de este momento, el Comité pro Santa Cruz no solo había perdido cualquier gravitación sino que era fuertemente cuestionado por las voces vivas y libres, las de los jóvenes y de las mujeres que en ningún momento abandonaron la movilización por sus derechos colectivos, culturales, democráticos y de pertenencia.  

La sumatoria de agresiones a la voluntad popular y al corazón de la idílica Chiquitanía fue también una suma de lecciones para Santa Cruz y el país:  Hubo un reencuentro social inédito de bolivianidad. Sentimos que podíamos salir adelante sin la reacción del insulto al insulto, de la violencia a la violencia.  Los Cabildos a continuación se volvieron zona de tácita militancia: lo que se hiciera, podía hacerse a la usanza pacífica de las tierras bajas.  Fuimos capaces de reconocer una voz de mando que no  existió antes y que recogía la voluntad de recuperar la democracia.

Camacho fue el líder que ocupó el lugar que demandaba el descontento, tendió puentes de hermandad con un líder de base como Marco Pumari, con representantes de naciones campesinas e indígenas confrontadas con Santa Cruz por el ideario racista inculcado desde el Gobierno y tuvo el arrojo de ir hasta donde creyó que debía llegar, aún cuando había voces dubitativas sobre el extremo de continuar hasta la renuncia del mandato, una opción que la eligió Evo Morales cuando muy bien pudo renunciar a su postulación ilegal y el robo del proceso eleccionario, volver al punto cero del 21 F, enderezar el rumbo y terminar  su gestión el 21 de enero.  Los hechos siguen mostrando hasta hoy que la culpa de su renuncia no fue de Camacho ni de nadie más que de su empecinamiento en la mentira, el fraude y su megalomanía de creer que el Estado es él.

El escenario político institucional a partir del 11 de noviembre era impensado un mes antes.  Ahora los cabildos dejan de tener preponderancia, al igual que el Comité pro Santa Cruz, en un ambiente de democracia recuperada y ante las próximas elecciones libres y sujetas a la Constitución. Las reglas vuelven a ser como debieron ser: iguales para todos.  Será el voto democrático el que decida qué Gobierno es el que viene y quien sea que resulte electo, será por el voto de cada ciudadano, ya no por la aclamación de los cabildos ni por las argucias prorroguistas.

Texto publicado el 29 de diciembre de 2019 en el libro del periódico Página Siete «La Revolución de las Patitas»

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