Gabriela Ichaso | Sobre mí
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La vida es la mejor novela de una.

Nací en el sur, durante un invierno de proporciones, nieta de vascos laburantes e hija de migrantes, devenidos en el ingeniero y la arquitecta y padres de cuatro, todos cómplices de mi entrañable infancia.

Vivo a pasos de la cuarta vuelta de una ciudad de anillos, el lugar que me recibió a fines de los setenta, cuando la dictadura nos cambió la vida y me llevó a la última frontera de un pueblo con 400 años de soledad, en el que la vecindad de enfrente era la lechería de la viuda de Mantovani y nuestra casa familiar surgía en el primer plan de viviendas sociales, sin muros ni rejas, con fachada a la calle de tierra y el monte silvestre, las pozas con anguilas y la brisa caliente y húmeda del norte, como paisaje urbano.

Libre, apasionada y desarraigada, crecí a sueños y porrazos, a la par de la imparable y repentina metrópoli, caótica, emprendedora, intuitiva, clandestina, rebelde, enamorada.  Eché raíces hace casi veinte años en la casa del mango  y desde allí, despliego como Juan Salvador, mis alas.

Aleteo en cuanto puedo a la ciudad de las diagonales, donde radican mis memorias, mis afectos y el bosque de los que nunca me fui del todo.  Camino, peregrino, deambulo por el mundo.

Mamá y abuela, habitante de barrio abierto, militante del sur y empecinada en el Santo Grial del alma gemela, femme sapiens, leo, contemplo, escucho, mateo, escribo.  Siento luego existo. Pienso luego resisto.

No me quedé con las ganas de que fuéramos/seamos la mejor historia de amor.

Dicen de mí que ella crea y recrea honrando el día a día, canta lo que se le canta, piensa lo que dice, dice lo que piensa, se reinventa; abarca y no aprieta, llora y ríe sin desteñirse, tiembla de injusticia, abraza hasta el alma, paga solita todas sus cuentas, se encuna cada noche que no hay canto, baile o guitarra y celebra con un feliz día, feliz nuevo año, feliz vida, cada mañana.

Mezcla de trotamundos, mariposa y gaviota urbana, levito a cinco centímetros del suelo, intenso, y sueño despierta cuando muchos mueren de tedio.

Comparto mi planeta urbano con cuatro hijos maestros, dos nietos de cuento, mientras me bullen la sangre vasca, la educación pública y el alma llanera, delicada amalgama de soledad, rebeldía y fiesta.

Amo desde tiempos que no recuerdo, las letras. Desde hace 12 años, construyo ideas en mi taller de textos, relatos, poesía, guiones y propuestas educativas. Activista de causas perdidas, escéptica de la política posmoderna y entusiasta caminante del mundo desobediente que vuelve al origen y a la naturaleza, me propongo escribir a diario, y los cuadernos me miran preguntándole a mi plumafuente, tamborileando, escépticos, para cuándo.

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