Hoy murió cualquier razón para felicitar a nadie

Murieron rehenes.
Murieron inocentes.
Murió un policía.
Murieron atracadores.
Murieron los dos dedos de frente, de sentido común, de los que multiplicaron como verdadera una voz de alerta de atracos simultáneos en toda la ciudad cuando sucedía uno terrible, sin preguntar ni confirmar, incluso devolviendo fakes desde fuera del país.
Murieron las dudas sobre la posibilidad de una institución policial capaz de mover un helicóptero fuera de su inauguración o sus desfiles; de mover vehículos adecuados que tampoco los vemos patrullar las calles el resto del año; de cercar, ante el peligro, un perímetro para alejar a los transeúntes y a los curiosos irresponsables, como lo hacen cuando hay fútbol en el estadio; de mover oficiales identificados como tales y protegidos como corresponde para operativos armados contra la delincuencia, como van tan bien pertrechados a reprimir manifestantes; de apurar negociadores y rescatistas ante toma de rehenes, como hacen el Día de la Policía Nacional, en simulacro que incluye hasta maniobras de primeros auxilios.
Murió la esperanza de que el 110 sea un número de protección a las víctimas, cuando el padre corrió al lugar trágico, desesperado de recibir la llamada de su hijo empleado avisando que lo asaltaban y no logró que la Policía conteste a su llamado.
Murió la disculpa de que la prevención contra la delincuencia sea un asunto de número de efectivos policiales o de infraestructura o de equipamiento para la burocracia: la Policía no puede estar constituida por personas sin condiciones físicas, ni psicológicas ni académicas, para actuar a nombre de la sociedad en la lucha contra el crimen. Mirémonos, por favor, y no nos hagamos los ofendidos por la realidad. Dejemos de sacar el lustre a las excepciones cuando el discurso, la ley y las instituciones alinean una generalidad decadente, sin fundamentos ni responsabilidad con sus propias bases.
Murió de impericia la misión de evitar heridos y muertos, de preservar la vida.
Murió de decepción y de frustración, cualquier intento de explicación racional a nuestros hijos, de quienes miramos mudos y boquiabiertos lo sucedido, en todos los videos viralizados grabados desde los edificios aledaños. 
Murió la credibilidad de varios líderes de opinión de las redes sociales, los presentadores y los reporteros de los medios masivos, que ante la magnitud y el nivel de violencia desatado en esa esquina fatídica, azuzaron sin ponerse un alto, sin poner un alto, para abrirle el paso a la serenidad antes que a la confusión deliberada o arengar con críticas fuera de lugar y de tiempo en medio de la tragedia y del luto.
Murió la esperanza de que la autoridad se llamase al silencio y a la autocrítica luego de comunicar los datos puros de los hechos.
Murió otra falacia del modelo plurinacional salvador de la Patria, otro modelo fracasado como todos los ensayados desde antes de la República.
Hoy murió un poco más esta sociedad descompuesta, perforada como colador, creída de que es gran ciudad por sus edificios, sus lujos y sus aires de realeza, una aldea extendida sin ciudadanos ni instituciones ni mayorías que realmente la quieran. Se salvaron los relojes, qué miseria.
Murió cualquier razón para felicitar a nadie. Que Dios nos proteja.

 

“Ver morir a una persona debe ser un acto de compasión, un rito de despedida en el afecto. Nunca un show mediático ni menos el bocado para el morbo de las masas. Si la comparten, también incluyan una oración por su espíritu”.

Leído en el muro de FB de Marcelo Durán Vázquez 

 

Sin palabras en tanta tristeza e impotencia en medio de tanto dolor, Ana Lorena Tórrez Torrico, Tte. Carlos Gutiérrez Valenzuela, asesinados en el cumplimiento de su trabajo.