Nuestro mundo muerto

Liliana Colanzi (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1981) transita la delgada línea de la conciencia y los juegos de la mente, muchas veces perversos y tremendos, a manos de la condición dramática y hasta devenida en trágica del ser humano.

“Nuestro mundo muerto” (Editorial El Cuervo), con los cuentos “Chaco” y “Caníbal” acreedores del Premio Aura es un libro a quemarropa, crudo en lo humano y bello en lo literario, que logra remover la psiquis y las emociones del lector sin posibilidad de quedar indiferente. Cuando la realidad es trabuscada con una cirugía tan precisa como el pulso del relojero en el segundero, la ficción resulta un auxilio menor.

Larga vida a la pluma de Li Colanzi.

Gioconda y el mundo bajo la piel

Conocí a Gioconda Belli y su Línea de Fuego (Premio Casa de las Américas 1978), durante las tardes que se volvían noche y transgredíamos el toque de queda, los miércoles de poesía, canciones y lectura, con Charles Suárez, Carlos Hugo Molina, Patricia y Mónica Zabala, Pancho Otero, Lucho Fernández de Córdoba, Carlos Cadario, Diego Massimini y tantos otros.

A Gioconda la traía copiada en mi cuaderno universitario, junto a la carpeta de Entomología, cuidadosamente dibujada a lápiz, con esa caligrafía que también ejercitaba preparando los trabajos prácticos de compañeros a cambio del cafecito de la U. Eramos los revoltosos de la época en una Universidad, la Gabriel René Moreno, dividida por los estertores de la kilométricamente lejana Guerra fría, el fascismo de la intervención y el comunismo de la autonomía.  Aprendíamos de buenos libros prestados, debatíamos jornadas enteras entre clase postergada y clase faltada, sabíamos de fogatas en invierno, mojarnos en las lluvias de verano y no faltar jamás al compromiso con el compañero para policopiar las invitaciones, grafitear con arte y encanto, asistir al debate estudiantil, entonar las consabidas y emocionantes notas y letras de la nueva trova cubana y el cancionero latinoamericano. Entremezclados Lenin, Marx, Fidel, Guevara, Sandino, en los discursos y las arengas, sólo teníamos claro que la dictadura debía llegar a su fin, la huelga era por democracia y el espectro de la ebullición en la vida de la Universidad pública, iba desde la movida trotska hasta la izquierda mirista y los contados chinos comunistas.  Tímidamente, a esa edad, admiré a Marcelo Quiroga Santa Cruz aún cuando Silvio y Pablo, el Mayo francés, Los Beatles, Sui Géneris y el rock del sur, me envolvían en la revolución con paz y amor.  Gioconda, entre la pasión, la maternidad y el deber, estaba ahí.

De la sala prestada por la Casa de la Cultura “Raul Otero Reiche”, a la que empezamos a ir semanalmente unos cuantos y al poco tiempo terminaba atestada de jóvenes y no tanto, ávidos de romper el silencio y de música latinoamericana, nos íbamos a La Creperié de Marcelo Araúz, en la esquina de las calles Beni y Arenales, de donde a las 23:25 se iba quien debía, y seguía hablando, escuchando, fumando y departiendo, quien también debía volver a su casa.  Era otro ambiente, elitista y sano, que hacía tanta falta y luego se convertiría en nuestro querido Movimiento Cultural Jenecherú, con su tapera y popularización, tan igual de necesario como aquel al que Gioconda me acompañaba mientras yo contaba bichos en el campo, a días de caminata atravesando cerros en Los Moros y Bermejo, entrevistando a los trabajadores de la tierra para el censo agropecuario.

Eran tiempos de lucha creativa, intelectual y política.  Creíamos en un mundo mejor, de hombres y mujeres libres e iguales, donde la escuela, la salud, la tierra, el trabajo y la cultura fuera un derecho y una oportunidad para todos.

Hoy queda de entonces, la certeza de la sincera entrega de jóvenes coherentes sin cuyo aporte habría costado más lograr la libertad y la utopía de la plena vigencia de los derechos humanos, que -como disfrutaron y habrán podido comprobar después fachos e intervencionistas-, la democracia trajo a pedazos y sigue tan lejos de comunistas y de autonomistas, como del mundo idealizado sin dueños ni excluídos ni oportunistas avivados.

Hoy queda de entonces, el ideario intacto de la búsqueda del mundo mejor a cargo de los nuevos, como corresponde a los ciclos de la vida y de la humanidad. Cambian los tiempos, permanecen las aspiraciones, se transforman las formas.

Gioconda Belli reapareció con El país bajo mi piel (Memorias de amor y guerra, Plaza Janes, 2001) en tiempos que también decidirían otra de mis vidas y la historia. La llevé en mi mochila junto a tantas cartas e informes para que consten en acta de una época testimonial. Me acompañó en mis propios “desgarramientos entre las opciones personales y los compromisos colectivos”, en las luchas a solas y en cada revés.  Yo tampoco creí que nadie pudiera “convencerme de que el placer que empieza y termina en una misma pueda remotamente siquiera compararse con la exaltación y el goce de intentar cambiar el mundo”.

Como a ella, “la vida se encargó de enseñarme que no todo compromiso se tiene que pagar con sangre, o requiere el heroísmo de morir en la línea de fuego. Existe un heroísmo de la paz y el equilibrio, un heroísmo accesible y cotidiano que si bien no nos reta a la muerte, nos reta a exprimirle todas las posibilidades de la vida y a vivir no una sino varias vidas a la vez”.

Meses atrás, Gioconda presentaba su última novela El intenso calor de la luna (Seix Barral, 2014), en Buenos Aires, y coincidía con mi  arribo a esa capital de mis pagos.  Llegué casi al final, hice la fila de lectores que la aplaudieron y esperaban una dedicatoria para la hija, para la hermana, para alguien que no había podido estar y la anhelaba. Me quedé última para observarla a mis anchas, como se mira a una antigua amiga y compañera de aventuras, reconocida y querida; me miró y me dijo: ¿Gabita del sur?  Entre sus miles de amigos de las redes sociales, me había reconocido y me emocionó su ternura y el abrazo. La invité a venir a la Feria del Libro de Santa Cruz de la Sierra el año pasado, cuando Idearia cumplía 10 años, pero un compromiso antelado en Italia dejaba para después otro abrazo.

Me pidieron hace unos días un curriculum u hoja de vida, a propósito de la visita de Gioconda Belli a Santa Cruz de la Sierra.  Me disculpo con ella por no acompañarla esta noche en su conferencia pero un caracolito vino a invitarme a su presentación teatral y es inexcusable. Ella que es madre nutricia, sabrá comprender el abuelazgo, así como mujer de tantas vidas y todas terrestres, también le será fácil y cotidiano desentrañar que aquí también creyeron hacer la Revolución, una en la que mueren y violan mujeres cada día, donde se premia la obsecuencia y en la que pensar diferente lo volvieron sentencia anticipada de muerte civil y persecución.

 

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El Concejo Municipal de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra nos invitó a leer esta reseña en el acto de homenaje a Gioconda Belli, Silvia Puentes, Leila Guerriero y Jaime Abello Banfi, como visitantes distinguidos de la ciudad en ocasión de la Feria Internacional del Libro 2016. (Junio 1º, 2016)

 

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Un paseo por la Plaza Principal 24 de Septiembre con Gioconda Belli, su esposo, Sarita Mansilla, presidenta de la Cámara Departamental del Libro, y encontrarnos con William Rojas, Director de Bibliotecas Municipales. En Santa Cruz de la Sierra, me atrevo a afirmar que tenemos más bibliotecas públicas que librerías.

 

Jaime Abello Banfi, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada por Gabriel García Márquez, también estuvo presente en la FIL 2016 y homenajeado. Compartimos en Cartagena de Indias, el primer taller de Perfiles, dictado por Jon Lee Anderson, en 1998.
Jaime Abello Banfi, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada por Gabriel García Márquez, también estuvo presente en la FIL 2016 y homenajeado. Compartimos en Cartagena de Indias, el primer taller de Perfiles, dictado por Jon Lee Anderson, en 1998.