Sonia también juega al elástico

Cuando me dijo Gaby voy, fue como si recién hubiera peinado mis dos coletas de pelo en la primaria después de la siesta para buscar el elástico y pensar si mi hermana Anita jugaría a saltar con nosotras hasta que el atardecer nos invitara esa pizza hecha en casa como día festivo.
Dicen que no hay que volver a los lugares donde una fue feliz y, como en tantas cosas que pienso, fue totalmente al contrario.
Sonia fue mi compañera de jardín de infantes y de primaria: con sus ojos celestes de cielo, con sus padres y abuelos perfectos para una niñez sorprendida de personas fuera de serie. Era rebelde, canchera, sabida de su vida, luminosa y jugadora de hockey, de básquet, contestona a nuestra edad, la nena que todas quisimos ser secretamente en la infancia.
El destino nos separó en la distancia y en un momento, quizá el más trascendente de la historia de la adolescencia común, que no nos dimos cuenta sino porque se venía abajo la estantería de nuestros mundos cotidianos afables, hogareños, clase media, imperturbables; soñados, luchados y construídos por nuestros abuelos.
Ella se quedó y vivió y sufrió nuestra La Plata natal. Supo de dolores, de amores y desamores que no viví porque mis padres decidieron hacer hogar lejos de allí, lejos del país al que migraron mis abuelos vascos, cerca del lugar al que papá decidió regresar para construir.
La extrañé como a Laurita, como a Magdalena, como a Tino, a Nico, a Eugenia y las historias que me perdí, como a tanta infancia que fuimos y que busqué entrañablemente porque amo esa vida que tuvimos, esa vida que deseamos sin saber que lo que vendría sería tan distinto, tan cruel, tan sórdido, tan desigual.
Las busqué siempre, como parte inextinguible de mi vida y como esencia fundamental de las raíces que posibilitaron mis padres en el mundo que construyeron, allende las distancias y los tiempos.
Viajé todo lo que pude, décadas después, y sólo encontré lo que evoqué. Por eso sé que eso de no volver es una estupidez. Que el tango cuando dice que veinte años no es nada, no lo es. Pasaron más de veinte, más.
Y luego de reencontrar su casa como mi casa, su espíritu como el mío, sus niños como los míos, sus dudas como las mías, sus temores como los míos, sus sueños como los míos, agradecí a la vida y ratifiqué que Dios existe, que el amor todo lo puede.
Gaby voy me sonó a me animé a tu mundo, a su necesidad de aire y de liberar el alma.
Llegó como quien dice tenés listo el elástico para jugar. Vino y nunca más se fue. Ahora no hay más recuerdos ni más anécdotas que querernos tanto, que sabernos vivas, que nos hace felices sabernos de siempre, que los encuentros son increiblemente sanadores del alma, que el mundo está más allá de días, meses, años o kilómetros, que las cosas son lo que una quiere que sean, que el espíritu es más grande que el pasado y el futuro. Que el presente es sentir y pensar la gracia de vivir en libertad y en un sentido de gracias a la vida.
Que lo demás son detalles y que la globalización es apenas un instrumento para acercarnos o para sufrir, desde la perspectiva que nos riamos.
Hoy soy feliz porque sé feliz a Sonia, la obrera de las matemáticas y a Laurita, la enamorada del teatro, y a Magdalena, la glamorosa de la ciencia. Con todas las peripecias de ser. Somos felices y las amo y estaré todas las veces que podamos junto a ustedes, porque para mí no hay otra forma de ser yo misma.

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