Santa Cruz nace en septiembre

Arboles amarillos
Avenida del Canal Isuto, Barrio Equipetrol. (Foto: Gabriela Ichaso, agosto de 2015) Santa Cruz de la Sierra, ciudad que enamora.

 

Agosto se va de la ciudad de los anillos dejándonos la belleza de sus árboles amarillos. Agosto en Santa Cruz de la Sierra, capital del Santa Cruz chiquitano, chaqueño, valluno, norteño, sabio de culturas ancestrales, rico de naturaleza originaria y poderoso de fuerza joven, historia y futuro, entrelazado de pueblos y naciones del mundo, transita entre el invierno que fue y el verano que será.

 

Epoca de vientos raudos en la capital metropolitana, jugando con la arena voladora y picante, el polvo se instala sobre las cosas, el polen y las florcitas desprendidas de los árboles levitando en el ambiente y nuestra respiración. Cambia nuestro estado vital. Algo en nuestro ambiente, en nuestro cuerpo, se alista como los capullos y las crisálidas. Revolotean las mariposas, más que nunca, en nuestro interior.

Va llegando la primavera a esta región que festeja todo el año, a su modo, sin prisa y sin pausa, capeando sus dolores y sus afrentas: los dolores que lastiman con la violencia, con la injusticia, con la corruptela, con la hipocresía, con las apariencias, con el abuso, con el egoísmo, con la ignorancia; las afrentas de quienes migran a esta tierra y se quejan porque quejarse fue la vida que dejaron atrás sin remedio y, muchas veces, sin retorno; las del estereotipo peyorativo de la vida liviana, del camba oligarca y la impronta separatista; las del lugareño y su viveza criolla, hacer lo que le venga en gana y acomodarse a echarle la culpa de lo mal que está todo al otro y a la falta de autoridad que tampoco se respeta ni se hace respetar.

Y sin embargo, sigue imbatible aquella risueña leyenda que cuenta acerca de que quien cruza el río Piraí no vuelve a ser lo que fue jamás y define al ser cruceño de ayer, de hoy y de la posteridad.

Porque ser cruceño no tiene visos de diferencias de las miserias y las veleidades del resto de la humanidad, ni lo hace más ni menos que cualquiera en las incongruencias, las dificultades y los desatinos de los habitantes y sus líderes, en similares condiciones globales, de hemisferio, de continente y de latinidad.

Ser cruceño, digámoslo así, es lo que a cada uno nos une con alegría en este lugar. No nos da la gana de reconocer que es ser cruceño todo lo que está mal, simplemente porque es parte del ser cruceño lo que sirva para enamorar: lo que une para festejar, para enarbolar la libertad, lo que provoca alegría y bienestar, lo bello, lo sensible, lo que está dicho como aprendimos a hablar, lo que haga mamita, lo que diga papá, los logros de los muchachos, mirar a través del vaso medio lleno (el que en otro sentido, otro contenido y otro lugar, es para secarlo y volverlo a llenar), la hora de los juntes, la gran familia -extendida a los amigos- sea como fuere y donde está, las cosas lujosas o pobres de solemnidad pero simples sin complicar nada más de lo que está, el buen comer así sea un pedazo de yuca, un asadito, un mocochinchi y harto ají hasta blasfemar.

Algún día vamos a asumir lo que no alcanza a unirnos para defendernos del mal. Seguramente llegará el momento cuando los dolores y las afrentas nos hagan sentir que nos arrebatan lo demás. Pero ahora, digan lo que digan, así como abrimos los ojos en esta tierra, como nos ven de afuera y como nos encuentran los que llegan a quedarse y no se van, somos así nomás.

Total, el sol sale para todos, el calor nos pone en modo ahora todo está normal, para estos tiempos las gestas de 1810 nos recuerdan que hay más motivos para festejar, que Santa Cruz nace en septiembre y eso, eso es carnaval.

 

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Tamborita cruceña. (Foto: Andrés Unterlaedstatter) Santa Cruz de la Sierra, ciudad que enamora.

 

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Altillo de la calle Beni, patrimonio cultural. Santa Cruz de la Sierra, ciudad que enamora.

 

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Flor del tajibo, mágico árbol que florece en varios colores, el “árbol amarillo” que como los alcornoques engalanan septiembre en la ciudad de los anillos. Santa Cruz de la Sierra, ciudad que enamora.

 

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Majadito, uno de los platos típicos de la exquisita y exótica comida cruceña, presentado por un cruceño de la nueva generación (el 50% de la población es menor de 25 años), vestido a la usanza folklórica y los colores de la bandera loca, verde y blanco. (Restaurant La Casa del Camba) Santa Cruz de la Sierra, ciudad que enamora.

 

Publicada por el diario La Razón

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