¡Qué buen cumpleaños!

Un amigo querido fue padrino de bodas de su confraterno y la novia. Después de los ritos de baile entre consuegros y esposos, lanzamiento de la liga y del bouquet, bien entrada la fiesta de celebración, fue invitado al micrófono del escenario principal a decirles unas palabras a los recién casados; recorrió con su mirada enternecida por los amigos, las amigas y los familiares en medio del silencio expectante y conmovedor, alzó su copa y simplemente sonriendo y dirigiéndose a los novios, brindó y exclamó: ¡Qué buen cumpleaños!

La carcajada fue general y, al son de la banda y del conjunto, siguió la feliz fiesta de matrimonio hasta el amanecer para regocijo de todos.

Reacia a festejar mi propio cumpleaños de otro modo que con los míos, cuando todos los días celebro la vida a raudales, recibí este 16 de julio, 1747 mensajes y comentarios de distinta índole, a través de las redes sociales, diciéndome de uno u otro modo, felicidades. Los especialistas en redes sociales dirían que mi radio de llegada es superior al promedio, considerando como agravante que tengo mi muro cerrado a anotaciones de terceros. Es, para mí, un dato extraordinario de calidez humana.

Los hay aquellos que simplemente cumplen con el recordatorio del Facebook en su página de inicio, de la nómina de cumpleañeros del día.

Los hay los que no podían ser de otra manera y siempre regocijan, de la familia y las personas más queridas.

Y también están los de las personas que menos te pensás y se toman el trabajo de poner atención a lo que escriben de forma de hacerte sentir un mensaje personal o quienes, además, se extienden con pensamientos acerca tuyo, de lo que hacés, de lo que les significás, que te descubren -aunque lo sepás- que algunas palabras o acciones tuyas les son importantes y reconfortantes.

Creo que anteriores años lo pensé. Esta vez quise escribirlo, más allá de haber agradecido uno a uno todos esos mensajes, porque me cierra una idea que me daba vueltas: ¿A quién le estás diciendo lo bueno o malo que era en un necrológico o en un velorio? ¿A quién le importa la solemnidad o la apariencia de un mensaje post mortem si estás casi segura de que la persona a quién se lo dedicás no va a leerlo ni saberlo?

Así que gracias por mi buen cumpleaños. Ya saben que no tienen nada más que decirme el día que falte en el mundo, ni gastar en diarios ni flores porque las flores, también, son para la vida, mirándonos desde el jardín o la maceta, entregadas en un ramo con un abrazo para alegrarnos desde un jarrón o regalándolas en un dibujo, una pintura o una fotografía.

Yertas en los funerales, como los yo lo te estimo póstumos, pierden el sentido personal, perdieron la oportunidad.

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