Es caprichoso el azar

Hace cinco años, en pleno microcentro de Buenos Aires, a esta hora, abracé a mi compañera de aventuras, le dejé mi maleta de viaje y mochila al hombro, enrumbé al aeropuerto de Ezeiza con la promesa de volver al día siguiente.

Me disfracé de Norma Aleandro y ensayé mi improvisada obra de teleteatro en el mostrador de la línea aérea: un monólogo de por qué debía subirme al siguiente avión que cruzara la Cordillera de los Andes al menor costo posible. A una hora del próximo vuelo y con las tarifas a cinco veces más de lo que podía pagar, los funcionarios se miraron entre sí, dudosos. Vuelvo mañana mismo, como prueba de la emergencia, les aseguré agitando mis manos. Viendo que no tenía equipaje y que el boleto efectivamente era de 24 horas, accedieron.

Caminé varios pasos hasta que me perdieran de vista en mi rumbo hacia embarque, pensé que no era tan difícil acceder a un Oscar de la academia y salté literalmente de alegría. Le había dicho a Vane que si no llegaba a encontrarme con ella a la hora del almuerzo es que había logrado volar.

Y volé. Hice lo que tenía que hacer porque esperar sólo sirve si ninguna de las posibilidades está en tus manos. Volé y soy feliz hasta hoy, durante toda la vida que dure. Fue como si nada hubiera sucedido esos nueve meses dolorosos de parto, como si todo hubiera seguido puro, incólume, mágico, cartas de amor con café batido de un año antes, ahí por siempre.

Porque descubrirse y encontrarse dos para ser más que nunca una misma es lo que devoraba alimentándome de cuentos fantásticos desde chiquita en el espíritu indómito que construía sobre mi infancia mansa. Y sin fantasías ni sueños, la vida resulta muy poca y muy corta quedándose con la que nos toca pudiendo ser varias, en tantas dimensiones como la imaginación, el empeño y la osadía nos impelan.

Al día siguiente, con el alma completa, extendí de nuevo las alas, de regreso a la capital del sur, a abrazar a mi amiga querida, a reirnos de la locura que es pasar el tiempo como si afuera no sucediera nada… o adentro. Evocando dos noches antes, lloramos de risa de Bon Jovi escuchando mi pedido afónico de que cantara “The final countdown” y rodamos como la luna por Callao.

Hace cinco años fui feliz de nuevo para mí y es mucho motivo para que hoy también sea un día de octubre de fiesta.

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Concierto de Bon Jovi. Buenos Aires, octubre de 2010.

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