El museo fallido de la repostulación

Ay, vanidad de vanidades, dijo el Predicador. Todo es vanidad… (Eclesiastés)

Fidel dejó expreso su deseo de que a su muerte, ninguna calle ni plaza llevara su nombre en Cuba ni se levantara ningún monumento en su memoria. Pidió ser cremado y trasladado a Santiago, junto a los restos que allí descansan de José Martí, maestro y defensor de la infancia, padre de la Patria. Y nadie en el mundo, ni qué decir en la isla, por muchas, muchísimas generaciones, dejará de pasar de boca en boca su nombre y su memoria.
Lo de hoy, el museo más grande de Bolivia a partir de la fecha, en medio altiplano, es otra cancha sintética en el Chapare y una torre enclavada en los techos históricos del Congreso Nacional de la sede de Gobierno. Una parada obligada del próximo Dakar, mientras al otro lado del país, las Misiones Jesuíticas de los indios llaneros, de los salvajes que tocan violín y cultivan orquídeas, no tienen un baño decente en las gasolineras, ni auxilio mecánico, médico o de agua potable en las rutas, ni arte ni parte en la plurimulti Bolivia-te-espera.

 

Evo saluda su propia estatua (foto tomada de El Deber)

La Reforma Agraria, la Reforma Educativa, la nacionalización de las minas, la implantación por primera vez del voto universal, la fundación de la Central Obrera Boliviana, entre otros actos verdaderamente revolucionarios de 1952 como el reconocimiento de ciudadanía del indio y del campesino, (aquellas que vio con sus propios ojos Ernesto Guevara en su segunda expedición por América del Sur antes de convertirse en el Che) o la Participación Popular de 1994 y el primer Vicepresidente indígena CON título e ilustradísimo, no tienen museos ni monumentos: están en el corazón, la sangre, la memoria y los 336 municipios de Bolivia, marcados con el fuego inextinguible e imborrable de la historia de generaciones de norte, sur, este y oeste, de todos los confines de la República.

*Foto de portada tomada del perfil del fotógrafo Samy Schwartz.

 

 

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