Desobedecer, soñar, luchar: el legado del Che

El legado de Ernesto Guevara de la Serna para el Gral. Gary Prado Salmón es una fosa vacía, y una medalla con su nombre de combate para el gobierno de Evo Morales, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de Bolivia, que cumpliendo el deber de defender el país ante la invasión armada lo detuvieron y asesinaron hace 50 años en La Higuera.

Es curioso que un militar y gobernante de facto, como René Barrientos Ortuño, que luego fue presidente constitucional de Bolivia (como años después lo fuera Banzer) instituyera una Constitución Política del Estado que duró más de cuatro décadas y estableciera que las Fuerzas Armadas no deliberan, pero de una forma u otra sus oficiales continuaron inmiscuyéndose en los asuntos políticos, civiles y en golpes de Estado. Como él mismo en su calidad de Vicepresidente de Víctor Paz Estenssoro, lo derrocó o luego instruyó la militarización de centros mineros.

La llegada a Bolivia del Che fue, finalmente y a la larga, producto de su empecinamiento en una incursión suicida. Ernesto había recorrido el continente, en moto, a pie, en camión, en balsa, antes y después de recibirse de médico en Buenos Aires, cuando era un estudiante de la clase media argentina, hijo de padres inquietos intelectualmente y una madre especialmente aguerrida que lo amaba y lo admiraba también por su capacidad de sobreponerse a ese asma terrible, debilitante, inhabilitante, desde la infancia. América del Sur era un caldero político, como desde la llegada de Colón y la colonia 500 años antes, pero “Fuser” había visto de primera mano –muy distante de cualquier proclama partidaria- que la injusticia y la muerte desposeían a cientos de miles en los lugares más recónditos de esa patria grande que soñaron San Martín y Bolívar. Así como puso en riesgo su vida ayudando a curar enfermos en un leprosario en Perú también estuvo presente, de paso, aquellos días posteriores a la revolución de abril de 1952 del Movimiento Nacionalista Revolucionario, en la ciudad de La Paz, donde vio el comienzo de lo que no fue informado a tiempo ni verazmente de cómo evolucionó durante los quince años anteriores a su guerrilla a la boliviana.



Para quienes fuimos y somos parte de la generación propiciada por luchadores por la libertad de culto, de pensamiento, de expresión, de elección, de los derechos humanos universales de las personas, de la educación laica, de la salud gratuita, del trabajo digno, de la igualdad de los seres humanos, el mundo por estos principios fundamentales no se divide en simples categorías de héroes y villanos. Qué sueltos de cuerpo definen desde la ignorancia o desde la comodidad de gozar de valores que recibieron en bandeja, gracias al sacrificio de quienes le pusieron la propia vida a tiempos complejos, violentos y descarnados para disfrutar de esta democracia de la que hoy gozamos.

El legado del Che no es una fosa vacía. Es como el de los muertos de amor de Teoponte, el legado de un hombre que se jugó por sus convicciones, que optó por los pobres y creyó que la lucha armada era la única forma de cambiar siglos de injusticia y golpismo militar en Latinoamérica. Aunque nunca podré estar de acuerdo con las armas como vía de solución de ningún conflicto, ni entonces ni ahora, ni con ningún tipo de Fuerza Armada llamada regular o irregular, ni con la estupidez constitucional de invocar obligatoriamente a la juventud a cumplir servicio militar y que éste sea considerado un deber con Patria alguna, sí creo que hacer Patria es otro modo de llamar a la opción contra cualquier forma de sometimiento.

Ernesto Guevara era, ante todo, un revolucionario de palabra. Es el primer ejemplo que debieran imitar los que hacen bandera de su nombre y niegan el resultado de una acción popular en democracia, como lo fue el referéndum del 21 de febrero de 2016, realizado en estricta sujeción a la Constitución que escribió su Asamblea Constituyente, la que ahora intentan borrar con el codo.

Si algo hubiera deplorado más aún que su imagen comercial en camisetas, habría sido saberse impreso en una medalla mientras intentan desconocer el voto popular. “Aquí lo que hace falta no son homenajes, sino trabajo. En cuanto a los honores, se los agradezco, pero les voy a responder en francés, que es más delicado, para no ofenderlos: Les honneurs, ca m´emmerde!”

Ernesto Guevara legó una vida que fue palabra unida a la acción, coherente, honesta, comprometida con ideales sociales colectivos y alejada de ambiciones personales.  Vivió para desobedecer, soñar y luchar: “Sean capaces siempre de sentir, en lo más hondo, cualquier injusticia realizada contra cualquiera, en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda del revolucionario.”

En esta democracia sangrada, conseguida por personas que creyeron que era la forma donde habría lugar para todos, sin privilegios y sin trampas, si cada uno respetáramos al otro y a los demás, dentro y fuera de casa, no haría falta más desobediencia, ni otra revolución para que el hombre nuevo tenga las garantías que le intentan ser cercenadas.

 


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