Sonia también juega al elástico

Cuando me dijo Gaby voy, retrocedí en el tiempo 30 años, como si recién hubiera peinado mis dos colitas de pelo en la primaria después del almuerzo escolar y la siesta en las reposeras, para ir a buscar el elástico.  Pensé si mi hermana Anita jugaría a saltar con nosotras en la ancha vereda hasta que el atardecer del húmedo verano, casi poniéndose de noche, a la hora  que mamá hacía pizza los domingos.

Dicen que no hay que volver a los lugares donde una fue feliz y, como en tantas afirmaciones que leo y pongo en duda hasta romperme la cabeza o asentir en silencio, fue totalmente al contrario.

Sonia fue mi compañera de jardín de infantes y de primaria: con sus ojos celestes de cielo, con sus padres y abuelos íntegros y presentes, como todos los que conocí entre los padres de familia de la escuela, en una niñez que recuerdo, en general, plena de personas fuera de serie. Era rebelde, canchera, frontal, luminosa y jugaba al hockey, al básquet; de la cría contestona como no estábamos acostumbrados a nuestra edad; la nena que nos quedábamos mirándola con los ojos muy abiertos y que muchas seguro queríamos ser de pequeñas.

El destino nos separó en la distancia y en un momento, quizá el más trascendente de la historia de la adolescencia común, que no nos dimos cuenta sino porque se venía abajo la estantería de nuestros mundos cotidianos afables, hogareños, clase media, austeros y deliciosos; soñados, luchados y construídos por nuestros abuelos.

Ella se quedó y vivió y sufrió nuestra La Plata natal. Supo de dolores, de amores y desamores que no viví porque mis padres eligieron hacer hogar lejos de mi lugar de infancia, lejos del país al que migraron mis abuelos vascos. Nos fuimos al lugar al que papá decidió regresar, a una ciudad que aún no lo era y a la que él pensó retornar para ayudar a construir.

La extrañé como a Laurita, como a Magdalena, como a Tino, a Nico, a Eugenia, a Estelita, como a todos y como a todas las historias que me perdí, como a tanta infancia que fuimos y que busqué entrañablemente en las cartas, en las noticias, en los libros, en las películas, en la televisión.  Amaba toda esa vida que tuvimos, esa vida que fundamos en aprendizajes y en ensueños, sin saber que lo que vendría sería tan distinto, tan cruel, tan sórdido, tan demoledor.  Me sentí arrancada de cuajo. Cuanto más se alejaba el auto que papá conducía hacia la frontera, imaginaba que nada quedaría tan lejos, nada sería suficientemente lejos, como para impedirme volver. Luego sabría que el desarraigo es el alma en pena, la raíz invisible que no pudo ser arrancada y se quedó profunda hendida allí donde sentía pertenecer.

Pasaron años. Los primeros ansiosos de escaparme al Correo Central para espiar la casilla postal familiar buscando el celeste y blanco de los sobres que me traían noticias de Sonia, de mis compañeros, de todos los que se quedaron y durante mucho tiempo no vi ni supe más.

Viajé la primera vez de vuelta y empecé a buscar. Viajé otra vez y fui rearmando lo vivido, todo lo que pude, décadas después, y reviví. Volví a vivir lo que seguía vivo. Por eso sé que eso de no volver puede condenarte a no cerrar los círculos, que muchas veces no puede repararse lo sucedido pero una puede cambiar el final. Que el tango cuando dice que veinte años no es nada, que hay que llorar los recuerdos, debieran llorarse sin nostalgia, agradeciendo los recuerdos, para no sufrir tanto, no sufrir más. Nada es para siempre y lo bueno, exista o no, hace bien revivirlo con alegría, con lágrimas sí pero de alegría.

Abracé a Sonia y reencontré su casa como mi casa, su espíritu como el mío, sus niños como los míos, sus dudas como las mías, sus temores como los míos, sus sueños como los míos, agradecí a la vida y a Dios, porque donde se busca con amor todo se puede.

Gaby voy me sonó a me animé a tu mundo, a su necesidad de aire y de liberar el alma. Y Sonia fue a casa, a ese lugar desconocido para ella como lo era para mí en 1977:   a tres mil kilómetros, íbamos a seguir armando un rompecabezas con piezas nuevas.

Llegó como quien dice tenés listo el elástico para jugar. Vino y nunca más se fue del presente. Ahora no hay más nostalgias ni ausencias sino todos los recuerdos, las ocurrencias y la decisión de reirnos mucho, sabernos vivas, que nos hace bien sabernos de siempre aquí o allá, en cualquier parte del mundo, que los encuentros son increiblemente sanadores del alma, que el mundo está más allá de días, meses, años o kilómetros, que las cosas son lo que una quiere que sean matizando los límites y las imposibilidades, que el presente es más grande que el pasado y el futuro. Que la vida se agradece. Que lo demás son detalles.

Hoy soy feliz porque recuperé esa parte de mi historia. Nada quedó en el olvido. Aquí estamos de nuevo, sin distancia que medie ni paso del tiempo, como jugando al elástico.

 

Colonia de Sacramento, Uruguay, 2010

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