Mi tiroides y yo: Arrastrarse o levantarse y luchar

A los 16 años, mi papá observó que mi cuello parecía agrandado debajo de la zona de la nuez de Adán.

Me hicieron varios estudios y diagnosticaron que tenía hipotiroidismo. Me mandaron de vuelta a casa con un montón de pastillitas muy chiquitas y blancas que me dijeron que debía tomar a diario de por vida. Esa fue toda la explicación. Como buena adolescente rebelde, habré tomado algunos días el medicamento cada mañana antes de desayunar, como lo indicó el médico, y después tiré todo a la basura y me olvidé. Viví sin acordarme de esa glándula que, con los pocos kilos que aumenté en cada embarazo pero que  nunca disminuí después de cada parto, se fue camuflando en un cuerpo humano más grande que el de aquella flacuchenta estudiante de secundaria.

No me mediqué ni volví al médico hasta después de los 40 años.  Cuando empecé a ver y sentir mis pies hinchados por la retención de líquido, mi pelo cayéndose por mechones cada mañana al peinarme; que daba igual que almorzara un plato de pasta o uno de ensalada porque igual engordaba; cuando mis uñas bien cuidadas comenzaron a romperse tan delgadas como una hoja de papel y cuando a los pocos minutos de tirarme en el sofá a mirar una película sentía mi cuerpo enfriarse al punto de creer que había muerto y me estaba contemplando desde afuera de él.  Me preocupó faltarles antes de tiempo a mis hijos aún pequeños. Recién ahí decidí, a regañadientes, visitar al médico.

Creí que una enorme decepción política por aquella época me podía estar arrastrando a la depresión, sin darme por enterada. Leí que era otra enfermedad silenciosa, como tantas que no vemos ni sabemos, pero no me sentía deprimida: en todo caso, estaba defraudada. Pensé que podría ser estrés o, por su causa, un adelanto de la menopausia.

Decidí visitar al endocrinólogo Dr. Douglas Villarroel para que me realizara un control hormonal y con el resultado del más simple análisis de sangre que me pidió realizar, todas las respuestas a las preguntas que me había hecho y yo le había contestado afirmativamente, quedaron reconfirmadas. Y sí, lo que yo seguía teniendo era hipotiroidismo, un hipotiroidismo que nunca había tratado y que más bien no me había causado más problemas que los sintomáticos propios de la aparición y el desarrollo de este trastorno silencioso, una falla hormonal que te condiciona a su dolencia autoinmune.

Desde entonces soy una consumidora de por vida de la levotiroxina, el nombre genérico del popular sello farmacéutico Eutirox. Es una medicación que recién comienza a hacer efecto bastante tiempo después de iniciar el tratamiento. Sin embargo, sus efectos más inmediatos son sin duda los más importantes para afrontar la vida y los demás efectos encubiertos de este trastorno que puede llegar a ser invalidante de no ser tratado a tiempo y adecuadamente. Incluso, mortal.

La levotiroxina, en su justa medida, te devuelve el ánimo, se lleva el cansancio si es que no hay otro motivo para que te sientas cansada y esfuma la sensación de depresión, si es que ésta no tiene otro origen pero la tiroides, tan pequeñita y tan determinada, funciona como un panel de control del cuerpo, desde tu cabello hasta las uñas de los pies. Eso significa que una vive alerta de por vida a los síntomas de deterioro o alteración de las funciones y la anatomía de su cuerpo. En mi caso, el cambio fue notorio.  Hasta entonces toda tarea me resultaba tediosa y la endilgaba a la procrastinación, por una parte, y las fallas de la memoria -de las que me río sin el menor complejo-, luego supe que pudieran derivar en un futuro Alzheimer (especialmente en las mujeres).

Nunca he tenido demasiado tiempo para dudar sobre los caminos a elegir, no por exceso de seguridad sino porque casi siempre las opciones acertadas son aquellas que permiten continuar sin detenerse en consideraciones de índole personal. Cuando una es jefe de familia y enfrenta la adversidad, ningún inconveniente personal es lo suficientemente grave como para quitarle importancia al deber al frente de quienes trajo al mundo, de quienes se hizo cargo o de quienes depende en momentos determinados, que estés pase lo que pase.

Mi dosis diaria de levotiroxina me hizo volver a sentir bien pero fisicamente me seguía deteriorando y no encontraba forma más fácil de quitarme de encima la idea, que convenciéndome de que era una cuestión de edad.  Que si crecía mi volumen y aumentaba mi peso era porque comía y porque pronto llegaría al medio siglo. Que si menstruaba a mares era porque pronto vendría la menopausia. Que si el pelo se me caía era porque a todas les pasaba y ahora entendía por qué a cierta edad la mayor parte de las mujeres llevan el pelo corto. Que si por momentos tenía frío, sería porque pronto llegarían los bochornos del fin de la etapa reproductiva del ser humano. Y así, dejé pasar hasta que no me gustó la imagen que me devolvió el espejo, ni seguir soportando la incomodidad de cargar un cuerpo humano que había dejado de acompañar mi capacidad emocional e intelectual. Me di cuenta que durante años había abandonado a mi único cuerpo humano, el mío propio, y que no se merecía que lo siguiera mirando sin mirar. Me había sostenido con lealtad, en las buenas y en las malas, no me había fallado y yo lo estaba dejando fallar.

Probablemente lo que funciona para una misma, no sea así para otra persona. Siempre utilizo el ejemplo de las huellas digitales, que son la más clara prueba de que nadie es igual a otro, que todos somos distintos pero también es cierto que en aquello que nos parecemos, puede ser útil lo que para una resultó experimentando un poco de todo lo que se aprende y atendiendo a la experiencia de los demás.

No soy una persona estresada pero sí ansiosa.  Desde que tengo memoria vivo con 18 pestañas abiertas en la pantalla de la computadora y otras tantas en mi vida diaria. Atiendo muchos temas a la vez, familiares, laborales, personales, caseros, administrativos, creativos, prácticos, operativos, propios y ajenos, etc. Si no tengo estrés es porque no me guardo nada de la innata impulsividad: lloro, río, grito, festejo, reniego, todo el día, como si estuviera en la cancha, en la tribuna de general.

Después de comenzar a controlar el hipotiroidismo con levotiroxina, empecé una dieta tras otra, inventos para mejorar mi nutrición y lograr disminuir mi sobrepeso pero la dieta no alcanza cuando la ansiedad justifica los medios. Una siente hambre aunque nada la preocupe demasiado pero la adrenalina de cumplir lo que hay que hacer, de empezar mil cosas e intentar terminarlas de a una antes del plazo final, va acompañada del deseo irrefrenable de saciedad y cualquier tentación en el camino entre la heladera y la cocina, viene bien.

Con ansiedad o sin ella, tampoco hay magia. El cambio de alimentación no es suficiente para bajar de peso. Mi última actividad física deportiva había sido en la escuela secundaria. Consideraba que dedicada a los hijos, la literatura, el periodismo y la política, tenía ganado el derecho al sedentarismo y cuando menos lo imaginé, me di cuenta que no podía pedirle a mi tiroides que apurara su ralentizado ejercicio metabólico si yo no hacía nada para estimularla moviendo el cuerpo. Atacaría dos flancos, la pachorra y la ansiedad, con una misma estrategia. A los 50 años, calcé mis zapatillas y cambié los pantalones vaqueros por calzas y comencé a subir a una caminadora en un gimnasio, sintiéndome una atleta a los diez primeros minutos que controlé como gran triunfo personal.

Un mes después, había logrado bajar 4 kg. Dos meses después, ni medio. Dos meses y un día después, dejé las dietas y la caminadora. Entusiasmada por la sensación de bienestar que disfruté caminando periódicamente y cantando mientras miraba por la ventana las palmeras y la piscina del club, me despedí de ese encierro y decidí caminar las calles de la ciudad. Comencé a leer la vida de los escritores que andaban sin rumbo y empecé a deambular. La ansiedad no pudo con el espíritu errante y dejé de picotear a destiempo, y cambié la ansiedad por el hambre real e igual, entonces por otro motivo, comía con avidez lo que me daba placer por un momento y luego, me hacía sentir fatal.

Caminar me dio una calidad de vida que desconocía, desde otro punto de vista, del día a día. Invirtió mis prioridades, despejó lo apurado de lo importante, oxigenó mis neuronas y reflotó mi mejor memoria, me reencontró con el barrio, la vecindad y la ciudad, me removió cada centímetro cúbico de cuerpo humano, me inspiró a ir más lejos y por nuevos lugares, me desafió a despabilarme de los presuntos achaques y a dejar atrás la resignada flojera del autoengaño, de que esos males que seguramente pasaban porque de cualquier modo llegarían más temprano que tarde, aún no era tiempo de aceptarlos como si fueran inevitables.

Además del asunto del peso, las personas con hipotiroidismo tenemos varias luces de colores destellando en el tablero de control:  La intolerancia al frío, la tendencia a la ronquera y a la presión en el cuello por el agrandamiento de la glándula (si es que aún no fue extirpada por nódulos o recomendación médica), la pérdida de energía y los movimientos lentos, la disminución de la sudoración y la sordera leve, la neuropatía periférica, la pérdida de memoria, los dolores y los calambres musculares, la caída del cabello como consecuencia del proceso autoinmune dirigido a los folículos pilosos, las irregularidades menstruales, la apnea y la somnolencia diurna, etc.  Luces de todos los colores que en algún momento llegan a titilar cada una a su propio ritmo e intensidad.

Comencé a ensayar combinaciones químicas empíricas de alimentos pero siempre haciéndome trampa, tentada por los helados, las pastas, el chocolate, los cuñapés abizcochados. Los que padecemos hipotiroidismo no debemos darle tantas vueltas y saber que gran parte del equilibrio que requiere nuestra tiroides pasa por la alimentación no procesada, la actividad física y la levotiroxina en la dosis precisa.  “Las complicaciones a largo plazo pueden ser graves, e incluyen una frecuencia cardíaca tan lenta que puede llegar al coma, elevación de los niveles de colesterol, factores de riesgo para enfermedad cardíaca y arteriosclerosis y enfermedad de Alzheimer”, nos advierte la literatura científica.

Por convicción acerca del sufrimiento animal, dejé de comer carne hace cinco años. Por costumbre, no uso azúcar agregada en nada hace más de veinte años y desde hace varios, tampoco agrego sal. Por curiosidad y más adelante, porque me di cuenta que mejoraba mi estado general, dejé los lácteos diarios que me encantaban, exceptuando el queso y excepcionalmente, mi amado helado Cabrera imposible de abandonar. Y hace poco, por probar y de la mano de Valeria Fehse, me comencé a desintoxicar dejando toda clase de harinas procesadas, el gluten, las grasas insalubres, la estevia y hasta el agua con gas. Por el momento, un mes después, no extraño mi vieja forma de alimentación, me deleito con nuevos sabores, reduje la ansiedad de salir a picotear lo que encuentre por ahí y si no he logrado disminuir aún de peso como quisiera, siento vivo cada centímetro cúbico de mi ser y por primera vez, hago gimnasia todos los días sin hacerle lance ni desfallecer.

Escribo hasta aquí adhiriéndome al día internacional de la concienciación de la tiroides y porque cinco personas que conozco con hipotiroidismo, sé que han sufrido mucho y se dejaron estar en algún momento de su vida, creyendo que nada las podría ayudar a superar ese estado general físico que insiste en apocar el espíritu, las ganas, la vitalidad. No se dejen. Cada una siga buscando cómo dominar este loco panel de control que nos toca timonear. Mientras haya respiración, hay vida y la diferencia está entre arrastrarse o levantarse y luchar.

 

 

 

 

2 Comments
  • Yoss Elmstreet
    Posted at 06:53h, 13 junio Responder

    Querida Ga, hermoso artículo. Leí el título y sentí ya tu valentía al contar algo tan personal e íntimo. Aparte de que siempre escribes bellamente, te sentía tan cerca al leerlo. Siempre te he visto ávida de comerte al mundo que pensé que lo que derrochabas a raudales era una salud sin límites.
    Leerte ha sido una gran lección. No sólo para los que padecen hipotiroidismo sino para los que, como es mi caso, no tenemos ningún problema grave de salud que no vaya más allá de una migraña ocasional pero que, sin embargo, no disfrutamos la vida como tú…

    En la distancia, te abrazo, te abrazo…

    Yoss

    • Gabriela Ichaso
      Posted at 09:57h, 13 junio Responder

      Querida Yoss:
      De verdad que no se me había ocurrido escribirlo hasta que supe que existía un día de la tiroides, destinado a concientizar sobre la importancia que tiene en nuestra vida esa glandulita mínima. Recordé mis conversaciones casuales con cuatro o cinco personas que luchan contra el sobrepeso y deben enfrentar la subestima frente al espejo y la pregunta cliché de quien te encuentra: ¿Te engordaste, no? Como si a alguien le importara tu vida o si realmente quisiera saber la respuesta. Pero, sobre todo, su actitud casi entregada al diagnóstico, como si la levotiroxina fuera la medicina y de ahí resta esperar o resignarse. El endocrinólogo te manda a una nutricionista pero no te describe el panorama que se viene o que lo que estás pasando es propio de tu condición y no cuestiones aisladas. Hay que leer a otras personas, leer artículos científicos y ensayar. En mi caso, fui feliz cuando supe que soy prácticamente celíaca e intolerante a la lactosa. Feliz porque como sano, ya no deseo lo que me hace mal -aunque aún recuerde lo sabroso que era- y mis hijos son grandes aliados porque si bien no tienen problemas de salud, han aprendido por su cuenta que comer sano es lo natural.
      Arraso, querida Yoss, con el espíritu grande, la mirada positiva y el aliento sempiterno de personas como vos, queridas e inteligentes. Gracias por leer y por tu comentario. Ga!

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