Los lugareños de San Lorenzo viejo, a pocos kilómetros de Santiago de Chiquitos, en el municipio de Roboré, Bolivia, dicen que la sucupira (Pterodon emarginatus) florece un año sí y otros no. Que cuando florece anuncia un año de mucha sequía.

Hace más de un mes que la Chiquitanía es azotada por incendios forestales provocados. Van arrasando más de dos millones de hectáreas de bosques y pastizales naturales, de especies de la fauna y la flora local únicas y patrimonio silvestre de una forma de vida: la de la Nación chiquitana.

Quizás hoy esta tragedia, esta tristeza, la ponen en el ojo del mundo e incluso de los propios cruceños, de Bolivia toda. Hasta ahora su imagen era la alegría de las Misiones Jesuíticas, únicas en el mundo por continuar vivas y patrimonio histórico y cultural de la humanidad, declarado por la UNESCO.

Los centros urbanos y semiurbanos no han sido tocados por el fuego. Son los alrededores de montes, llanos y serranías los que han sido terriblemente afectados y forman parte indivisible de su modo de vida.

Santa Cruz es verde, florida y hospitalaria. Así ha sido desde siempre. Es su corazón de identidad lo que han dañado las manos que le prendieron fuego.

Miles de voluntarios de todas partes se alinearon como pudieron para proveer de todo tras el esfuerzo titánico de los guardaparques de las áreas protegidas y las reservas naturales, tras la lucha sin cuartel de los bomberos forestales que, a la vez, siguen desde hace más de un mes clamando ayuda internacional porque las herramientas son insuficientes.

No habrá gracias suficientes para tanta movilización, improvisada, desesperada, organizada, permanente, inclaudicable, de las personas que sintieron que les estaban arrancando la raíz del alma.

El mes de agosto que pasó dio un vuelco a miles de vidas y entre ellas, a la mía. 


Aquí estoy en Santiago de Chiquitos, antesala del Cielo, establecida en principio de forma temporal. El tiempo dirá.


Desde septiembre, cuando Dios quiera que acabe esta despiadada devastación, vamos a retoñar desde la Chiquitanía, a la par.

Nublado de humo el cielo,
triste de cenizas el suelo,
del dolor, la rabia y la angustia, 
del amor y la solidaridad,
de la tierra y la lluvia, 
retoñaremos.

Fotos: Gabriela Ichaso.

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