Juerza Carnaval

Abro los ojos y lo primero que veo es mi casaca carnavalera colgada del gancho de la hamaca empotrado a la pared. Blanca y con esos vivos multicolores que Sandra, como cada año, eligió sin titubear. No tiene bolsillos, lo que me pone a pensar si habré guardado el bolsito impermeable con cierre que el año pasado lleve colgado del cuello y debajo de la camisa. Dejé de fumar pero volver a hacerlo estos tres días de mojazón y carnaval de calle que empiezan a mediodía recorriendo el centro de la ciudad, es un placer del que no me quiero privar.

La Calleja, esa plaza chiquita rodeada de historias ya estará cerrada al tráfico vehicular. En su esquina, nos juntamos a celebrar nuestros cumpleaños, la luna llena y, por supuesto, los tres días de Carnaval.  Una semana antes, como ya es tradición de nuestra comparsa de mujeres amigas de toda la vida y dos o tres viejos amigos, probamos la banda, como se dice. Toca chobenas y taquiraris que nos hacen picar los pies para salir a saltar y a bailar. Parecemos hechiceras bajo el cielo límpido o lluvioso, no importa para el caso, de esas noches hechas para festejar.

De esa manera, damos por inaugurado nuestro Carnaval. Sólo resta esperar el Corso y su desfile de carros alegóricos, cada vez con mayor número de mujeres participando, engalanadas de trajes majestuosos centrados en la belleza del arte y las costumbres en vez de la figura, coreografías cuidadas, música que llevamos incrustada en el corazón; los niños alistan sus espumas y los globos con agua; los grandes se acuotan para asados y cervezas, el rito previo del primer, segundo y tercer día que los apresta a salir a caminar, al reencuentro de amigos, colegas, familiares, conocidos, andando las viejas calles, como si el Carnaval nos devolviera el tiempo que se fue, como si fuera el túnel del tiempo que no se acaba jamás.  “Si se muere el Carnaval, yo también voy a morir…” tararea la tambora y cantan a gritos y vivas las comparsas que se abrazan cruzándose en cualquier trayecto.  Las viejas casas, las pocas galerías que quedan, que el resto del año forman parte del Casco Viejo maltratado por el abandono, reviven en la añoranza de un pueblo festivo.

Es primer domingo de marzo y el martes entrego el trabajo final del diplomado que empecé en noviembre. Miro la casaca y suspiro, nostálgica y resignada.

Si no me levanto y me concentro, me largo a carnavalear.

 

 

No Comments

Post A Comment

A %d blogueros les gusta esto: