El artero adelanto de las elecciones

 

El 21 de febrero de 2016 fui a votar en contra de la propuesta de modificación de la Constitución simplemente porque no es correcto que un gobernante quiera cambiarla para prolongar su mandato.  Si antes de entonces se dijeron verdades o mentiras sobre el Presidente, poco tenía que ver con ese hecho indiscutible. No es ético utilizar el poder para cambiar las reglas democráticas a favor de sí mismo, las que, además, representaron mucho más que recursos públicos en la organización de una Asamblea Constituyente que definió esa nueva Constitución: costó vidas segadas, un proceso de confrontación política sin cuartel, un desgaste de la convivencia social, años de incertidumbre del tejido institucional.

 

La mayoría de quienes votamos dijimos no. Ese fue el resultado, mentiras o verdades de por medio, refrendado por la institución responsable del referéndum realizado.

 

El 28 de noviembre de 2017 fuimos nuevamente obligados a expresarnos en voz alta, ya no con el voto, sino por la indignación y en las calles porque el derecho y el resultado garantizados por la Constitución era conculcado por otra institución, la máxima institución llamada a defender las garantías de todos. Insólito. Inaceptable. Ese día se quebró el Estado de derecho, cuando los magistrados del Tribunal Constitucional decidieron torcer las palabras para forzar como derecho político, un derecho resguardado para las víctimas de los abusos de los Estados, la postulación de quien no logró cambiar democráticamente la sentencia de que su mandato concluye al finalizar su segundo período a partir de la Constitución que acordó en aquella Asamblea Constituyente.

 

No hubo Poder Judicial, ni Poder Electoral, ni Poder Legislativo que hiciera frente a la afrenta. Me vi, como miles, en la indefensión. En épocas republicanas, aún en el peor de los escenarios de connivencia política, no recuerdo otro golpe similar a la estructura de la democracia, que se le parezca.  Antes y después de 2005, las perforaciones al sistema democrático han sido determinadas por el uso de la fuerza, armadas de palos, dinamita, vehículos, piedras, llantas, turba, la fuerza de las organizaciones sindicales, gremiales, logieras, cooperativistas, colonizadoras, el abuso de la fuerza del bloqueo, el corte, el paro, el abuso de la amenaza, siempre en contra de los derechos de las personas libres y arrimadas al cumplimiento de sus deberes para convivir en comunidad o de la autoridad legítima y legalmente constituida.  No recuerdo un golpe a todos, desde la cima de la pirámide del Estado, como el asestado por el Tribunal Constitucional.

 

Desde entonces, los mansos dejaron de ser mansos y de la mano de los nuevos, los jóvenes y las mujeres, sin asociación ni líderes, se organizaron para salir a las calles a protestar sin violencia.  Conocidos y desconocidos se encontraron con colegas de trabajo, compañeros de colegio, vecinos de barrio, en el lugar y a la hora que a cualquiera se le ocurrió llamar porque surgió la causa: nos unió la defensa del voto y el repudio al golpe.

 

Millones que no tienen interés en participar en política, asumieron que la democracia ya no estaba en las instituciones, estaba en su participación o en su silencio. Todas las voces valieron, todas las salidas a la calle hicieron política, unidas por la causa del respeto al voto. Las circunstancias formaron agrupaciones civiles, las plataformas, todas creativas a la hora de elegir pancarta, frases, cánticos, pañuelos, banderas.

 

La aparición de una nueva Ley de Organizaciones Políticas pateó el tablero. La causa fue contaminada por la electoralización adelantada y, con todo derecho pero poca visión, la causa pasó a estar condicionada por las aspiraciones de aceptar el camino a las elecciones del año que viene como una posibilidad de recuperar la alternancia establecida en la Constitución, por la vía de la postulación de otras candidaturas. La pretensión de ganar en elecciones al beneficiario del golpe del 28 de noviembre pasado.  Un absurdo.

 

A un año del golpe, la causa no ha cambiado. Lo que cambió fue la pretensión de quienes creen que el favoritismo relativo de encuestas tentadoras, es suficiente para enfrentar un sistema democrático que ha demostrado estar quebrado.  La tentación de proponerse presidenciables les ha llevado a aceptar un proceso viciado de nulidad, un experimento tremendamente peligroso de connotaciones impredecibles.

 

Estamos en un momento en el que nos cambiaron el protagonismo de la causa. Ahora resulta que la causa ha pasado a ser el argumento de candidaturas encaramadas en ella, desplazando las voces y los encuentros de las plataformas y la calle.

 

Este 28 de noviembre se cumple un año del golpe nefasto. A mí no me interesan las candidaturas y sus declaraciones en contra de la gestión gubernamental, en este contexto. Para ello, hay representantes nacionales, departamentales y municipales en gestión que tienen que cumplir su función, en lugar de prepararse para lo que no supieron conducir con inteligencia y movilización. Me interesa que nadie olvide, que todos sepamos que si nuestro voto no fue respetado, no es respetado, nuestro voto en las urnas que vengan, no vale. Como tampoco valió la mayoría de votos nulos el 3 de diciembre diciendo no a los postulantes al sistema judicial.

 

La causa es restituir la democracia y que las elecciones sean convocadas cuando el partido de Gobierno reconozca y acepte que la mayoría optamos por inhabilitar una nueva postulación de su binomio.

 

 

 

 

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| Harta gente. Todo tranquilo. U.V. 37 Hamacas #ControlGO #3D

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