A Yamil le falta el mundo que murió en el incendio

Yamil tiene 12 años, es hijo de Quitunuquiña, una comunidad chiquitana de Roboré, y el protagonista del video que difundió UNICEF para testimoniar el dolor y la esperanza en medio de los incendios que consumen la Chiquitanía y más de cuatro millones de hectáreas de bosques, montes y pastizales naturales en Bolivia. Un desastre nacional, que equivale a la superficie de Suiza, ha sido quemado dentro del país.

A la contención sicológica, la terapia de resiliencia, las bebidas rehidratantes, celulares o juegos didácticos, los niños de la Chiquitanía poco le entienden. Al final del día, el bosque se quemó o lo que es igual, los incendios apagaron su red social, los memes, los juegos en línea, su wikipedia.

Cuando hay corte de luz en la ciudad, los padres se desesperan porque nada funciona, de lo que la sociedad de consumo nos ha malacostumbrado. Nos quejamos del calor, sin aire acondicionado o ventilador, la pudrición de los alimentos sin la heladera o el derretimiento del hielo para refrescar la bebida y, las ‘cajas bobas’ que entretienen, educan o deseducan, informan o desinforman, suplen la ausencia de la vida humana en los hijos y ellos mismos.

En las comunidades indígenas, la única institución que les puede devolver lo que perdieron es la naturaleza y las manos científicas que la comprendan y actúen de manera asertiva, con ellos y no por ellos o sobre ellos.

La ayuda civil que llega de la ciudad viene cargada de bondad y generosidad. No hay tiempo ni valor para pedir que envíe menos plástico, menos químicos, menos grasas y todo lo que contamina el cuerpo y el lugar en el que vivimos pero la entregamos incapaces de criticarla. No sabemos cómo explicar, cómo ayudar, sin compartirles ese poco del mundo del que venimos.

Les traen mochilas con el sello de un ministerio y la whipala, les dicen que hay un presidente que se preocupa por ellos. Los españoles así llegaron hace 500 años, con espejitos, para quedarse con su mundo e imponer su visión de desarrollo, hasta que aparecieron los jesuítas y les enseñaron de un Dios que convive con los suyos sin fetiches, que era suficiente reunirse para cuidarse entre sí y seguir viviendo en el bosque, que el violín era el arma que acompañaría la música de las aves, aprendieron su idioma y les enseñaron el de la Biblia, el del pentagrama y el de los libros que trajeron y escribieron. Convivieron en el respeto.

Ahora llegan tractores, para los que trafican tierras, mientras las comunidades locales producen a escala humana, hasta dos hectáreas por persona y el resto son bosques que protegen por el agua mineral natural que les proveen ríos y fuentes; por su flora que les brinda frutas y la medicina que no se vende en la farmacia: pesoé, tutumas, cusi, almendras, sábila, miel de abejas, tipa, sinini, copaibo, paquió, isiga; por su fauna que enriquece sus miradas y las leyendas de tigres, leones, osos hormigueros, tejones, capiguaras, urinas, penis, sicurís, tucanes, troperos, pejis, taracoés, cururucís.

A Yamil le duele lo que le quitó el fuego. Su todo. Y no se lo podemos reponer de otra manera que respetando su cultura, su modo de vivir y defendiendo con amor, uñas y dientes, de que no vengan a cambiársela.

Yamil con sus compañeros de la Unidad Educativa Quitunuquiña. Son 17 de niños que pasan clases en la misma aula, de 1º a 6º grado.

Artículo publicado por la Revista Para Ellas del diario El Deber, edición del 25 de septiembre de 2019

Fotos tomadas por Gabriela Ichaso ®

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